26 de xaneiro de 2026
Regreso a Entia
Stanislaw Lem
Regreso a Entia (1982)
Regresso a Entia conta a história de Ijon Tichy, autor de um livro de viagens, Diários das Estrelas, que, de volta à Terra decide passar umas férias na Suíça. A estadia é atribulada, devido a inesperados imbróglios legais, mas leva-o a conhecer Roger Gnuss, director do Instituto de Máquinas da História. Aqui, através do processamento da informação, segundo determinados parâmetros afins à manipulação do tempo, os computadores conseguem gerar resultados objectivos acerca de mundos distantes e, deste modo, Tichy fica a saber que as suas descrições acerca de Entia, em Diários das Estrelas, estão erradas — tal como Cristóvão Colombo tirou conclusões erradas quando desembarcou no Novo Mundo — e que o seu livro foi classificado como "ficção-científica" na biblioteca municipal. Roger Gnuss afirma que, no Cosmos, as leis jurídicas são mais importantes que as leis da física, pois são elas que permitem a articulação entre as diversas civilizações, e as imprecisões dos relatos de Ijon Tichy poderiam até originar um conflito diplomático. Através do Instituto, é-lhe permitida a consulta dos livros disponíveis no Ministério de Assuntos Extraterrestres sobre Entia, e Tichy faz-nos acompanhá-lo na sua investigação pelos meandros de História Natural, Antropologia (desde que se substitua "antropo" por algo entiano equivalente), História, Filosofia, Religião, etc., com pontos de vista contraditórios, debitando reflexões e considerações, por vezes interessantes, mas, de modo geral, de leitura fastidiosa.
Na segunda metade do livro Tichy volta a Entia e, desta vez, experimenta um contacto mais aprofundado com os entianos e a complexidade da sua sociedade, através de uma especulação filosófica que espelhará, talvez, as preocupações do autor com questões académicas, ou, mais do que isso, possíveis realidades futuras, mais próximas, que, umas vezes, se seguem com interesse, outras, nem por isso.
Mis estudios me habían llevado ya cinco semanas. De mi estancia obligada en Suiza me quedaban apenas dos meses, pero esto parecía muy poco teniendo en cuenta las salas de la enorme biblioteca que todavía no había registrado. A pesar de ello, no perdí el valor, aunque me había convertido en un auténtico solitario. Durante el día dormía para despertarme justo cuando los suizos, con la satisfacción de haber acabado con los negocios del día, se calzaban su zapatillas o se deslizaban bajo las mantas. Yo, en cambio, llenaba la cartera de café, azúcar y bocadillos (para entonces, los picatostes y las galletas me daban náuseas sólo con ver la etiqueta) y marchaba por las desiertas calles hacia el MAE.
No había vuelto a saber nada de Strümpfli, de ahí que no tenía ni idea de que él y sus superiores seguían discretamente mi aplicada actividad y que ligaban mi persona a objetivos muy concretos, pero como astutos diplomáticos no querían decir nada antes de tiempo. Yo mismo no sé qué es lo que habría hecho si hubiera sido informado de sus planes. Probablemente lo mismo, ya que ardía en deseos de saber la verdad completa sobre nuestros lejanos hermanos en espíritu.
[...]
Del viaje al Instituto para la Mejora del Medio Ambiente me acuerdo sólo de mi asombro cuando el ascensor salió disparado hacia arriba y saltó, con el chasquido de un casquillo al girar dentro del tambor, sobre una trayectoria que recordaba un arco iris plano: sin soporte alguno se arqueaba sobre la ciudad y brillaba en los siete colores del espectro solar. Después se oscureció, el suelo cedió suavemente bajo mis pies, la cabina se detuvo, una de sus paredes se abrió por una junta invisible y vi a un alto lustrano con rostro humano ante un fondo de plantas con grandes flores de color blanco. Llevaba un traje abrochado en el centro y una camisa blanca como la nieve, igual que si acabara de salir de un sastre parisino. Incluso las solapas del traje y el cuello de la camisa estaban cortados a la última moda, ¡de hacía doscientos años! También eso formaba parte de la amabilidad de la que se me hacía objeto, ya que en el país no se viste de esta manera. El lustrano me esperaba con la mano extendida, como si temiera olvidar la forma de saludar a un hombre. Cuando le tendí la mano él me la estrechó de manera que sentí su pulgar en la palma de mi mano.
Li anteriormente:
Retorno de las Estrellas (1961)
Solaris (1961)
A Nave Invencível (1964)
16 de xaneiro de 2026
Los Mitos de la Guerra Civil
Pío Moa
Los Mitos de la Guerra Civil (2003)
É sabido que são os vencedores quem escrevem a História. E, no entanto, no caso da Guerra Civil espanhola, os vencidos acabaram por impor a sua versão do conflito. Porquê? Decerto porque esta Guerra Civil foi uma batalha de um conflito mais vasto, que foi ganho por outras forças (apesar do autor não concordar com esta interpretação). E, como se costuma dizer, quem ganha uma batalha não ganha uma guerra.
Ao relembrar certos factos convenientemente esquecidos, com Los Mitos de la Guerra Civil causou um grande escândalo em Espanha, ao pôr em causa a narrativa oficial, e dez anos depois, aconteceu o mesmo em França, quando foi publicada a primeira tradução estrangeira; outras traduções, em inglês, alemão e italiano, têm sido, aparentemente, boicotadas. O principal ponto de Pío Moa é que a sublevação nacional não se deu contra um governo democrático, eleito e legítimo, como a narrativa oficial tenta fazer crer, mas que esse governo já não existia no momento da revolta, pois tinha sido deposto, após a revolução de 19 de Julho, por protagonistas que começavam a implementar uma ditadura segundo o modelo soviético, sem legitimação eleitoral. Além de relembrar o vandalismo, as perseguições e atrocidades cometidas pelo lado republicano, habitualmente varridas para baixo do tapete da História, o autor cita os escritos deixados por testemunhas e historiadores e rebate-os ponto por ponto quando é necessário fazer emergir a verdade. Aliás, nos prólogos, refere a desqualificação e ameaças que sofreu com a publicação deste livro, mas espera ainda a contestação dos factos aqui descritos, após o desafio a que lhe rebatam os argumentos.
Y así como los intereses populares no se identificaban con la izquierda, tampoco los millones de personas de ideas conservadoras se identificaban con la oligarquía. La inmensa mayoría de ellas era de condición modesta, incluyendo numerosos obreros, aunque en el medio obrero operase con especial ahínco la propaganda revolucionaria, y obtuviera en ella más prosélitos. Los conservadores no creían defender los intereses del «gran capital» o la «reacción», sino la religión, la propiedad privada, la familia, el estado, la unidad española. Los revolucionarios aspiraban a abolir esas instituciones, por considerarlas formas burguesas de dominación, cadenas que mantendrían al hombre alienado y explotado, romper las cuales permitiría forjar al «hombre nuevo», liberado de taras ancestrales. En cambio los conservadores veían en el estado un instrumento necesario y perfectible de ordenación colectiva, apto para dar salida no violenta a los conflictos propios de cualquier sociedad humana, y no un simple aparato de dominación de una clase social; en la unidad de España el fruto de un esfuerzo y tradición secular, cuya quiebra sería un insoportable retroceso histórico; y en la familia el núcleo básico de la sociabilidad, transmisora de una moral que, bajo formas variables, encerraría una ley fundamental para la vida humana; encontraban en la propiedad privada la base de la economía, y en su eliminación una vía segura hacia la barbarie y la miseria; y en la religión, no una fantasmagoría nacida de la ignorancia y el miedo, «opio del pueblo» para enturbiar la conciencia de las masas con una moral servil, sino la expresión de una verdad esencial: la impotencia humana sería, no una situación superable por la ciencia, sino una manifestación de la vida, a la que la religión aportaría un sentido y un consuelo veraz, no ilusorio.
Al objeto de este libro sólo es preciso señalar estas esenciales discrepancias de concepción y proyecto político entre revolucionarios y conservadores, sin entrar a debatir quiénes tenían razón. Baste con establecer, con muy pocas dudas, que fueron las izquierdas quienes, movidas por sus aspiraciones, rompieron las reglas del juego y empujaron al régimen a la guerra civil, que solían considerar empresa lamentable, pero necesaria para acceder al mundo nuevo y presuntamente luminoso; y que fueron los conservadores quienes, deseando evitar el choque, sostuvieron mayoritariamente una actitud moderada, próxima a veces a la cobardía, hasta que la amenaza se les hizo cuestión de vida o muerte.
Este proceso histórico puede entenderse igualmente a partir del problema planteado al comienzo de este libro: ¿tendría éxito la II República allí donde había fracasado la Restauración, es decir, conseguiría la integración y convivencia de aquellas fuerzas —anarquistas, socialistas, nacionalistas, jacobinos— que habían hecho quebrar al régimen anterior? La respuesta es no, cosa en verdad sorprendente por cuanto las reglas del juego republicanas fueron elaboradas por aquellas mismas fuerzas. La rebelión de ellas contra su propia Constitución, elaborada a su gusto y sin consenso con la derecha, la subversión continuada contra su propia legalidad, prestan a la Segunda República, como a la Primera, un peculiar aire de delirio, subrayado por diversos comentaristas, como el sagaz Josep Pla.
Resta saber por qué aquellos movimientos se revelaron tan ingobernables en ambos regímenes. Sus doctrinas en cierto modo mesiánicas, y las debilidades de la estructura económica del país, necesitada de más tiempo y calma para robustecerse, ayudan a explicarlo. También se ha especulado con el carácter anárquico y arbitrario achacado a los españoles, pero probablemente la mayoría de ellos deseaban precisamente orden y calma. Además las ideas revolucionarias eran todas de origen foráneo, sin que sus sostenedores en España hicieran mucho esfuerzo por adaptarlas o aportarles matices: una vasta carencia de esos movimientos fue su escasísima producción intelectual, en contraste con su exuberancia propagandística.
2 de xaneiro de 2026
The Andromeda Strain
Michael Crichton
The Andromeda Strain (1969)
Michael Crichton é o autor de Jurassic Park, a novela que esteve na origem do famoso filme de Steven Spielberg, e, curiosamente, foi através de outro filme, de Robert Wise, A Ameaça de Andromeda (The Andromeda Strain, 1971), baseado nesta novela com o mesmo nome, que, há muitos anos, entrevi pela primeira vez o seu universo literário. Foi há demasiado tempo para me recordar com pormenor e, apesar de ter ficado com boa impressão do filme, verifiquei agora que a adaptação teve algumas modificações profundas, nas personagens principais, embora a linha da história seja basicamente a mesma.
The Andromeda Strain foi a primeiro livro que assinou com o nome próprio, após cinco novelas publicadas sob o pseudónimo John Lange. É um livro de ficção científica, onde a parte "científica" é levada a sério, e trata de um tema algo inquietante: como o número de espécies de seres vivos é tanto maior quanto aumenta a sua simplicidade, é de esperar que o primeiro contacto com vida extraterrestre seja com microorganismos alienígenas. Nesta novela, um satélite militar contaminado, caído numa área remota do Arizona, espalha um organismo que provoca a coagulação instantânea do sangue, levando à morte todos os habitantes de uma aldeia, à excepção de um velho e de um bebé. Um projecto governamental secreto, Wildfire, criado para esta eventualidade, vai tentar perceber o funcionamento do organismo, e a razão que levou à sobrevivência daquelas duas pessoas. Os métodos e os pormenores da investigação são bastante plausíveis, as explicações elaboradas e convincentes (Michael Crichton era doutorado em medicina por Harvard, embora nunca tenha exercido), mas a questão acaba por se resolver por uma mutação benigna que, se não ameaça a vida humana, tem implicações gravosas sobre outros materiais.
They turned their attention to Benedict. Stone went over to him and shook him. The man fell rigidly from his chair onto the floor.
Burton noticed the elbows, and suddenly became excited. He leaned over the body. “Come on,” he said to Stone. “Help me.”
“Do what?”
“Strip him down.”
“Why?”
“I want to check the lividity.”
“But why?”
“Just wait,” Burton said. He began unbuttoning Benedict’s shirt and loosening his trousers. The two men worked silently for some moments, until the doctor’s body was naked on the floor.
“There,” Burton said, standing back.
“I’ll be damned,” Stone said.
There was no dependent lividity. Normally, after a person died, blood seeped to the lowest points, drawn down by gravity. A person who died in bed had a purple back from accumulated blood. But Benedict, who had died sitting up, had no blood in the tissue of his buttocks or thighs.
Or in his elbows, which had rested on the arms of the chair.
“Quite a peculiar finding,” Burton said. He glanced around the room and found a small autoclave for sterilizing instruments. Opening it, he removed a scalpel. He fitted it with a blade—carefully, so as not to puncture his airtight suit—and then turned back to the body.
“We’ll take the most superficial major artery and vein,” he said.
“Which is?”
“The radial. At the wrist.”
Holding the scalpel carefully, Burton drew the blade along the skin of the inner wrist, just behind the thumb. The skin pulled back from the wound, which was completely bloodless. He exposed fat and subcutaneous tissue. There was no bleeding.
“Amazing.”
He cut deeper. There was still no bleeding from the incision. Suddenly, abruptly, he struck a vessel. Crumbling red-black material fell out onto the floor.
“I’ll be damned,” Stone said again.
“Clotted solid,” Burton said.
“No wonder the people didn’t bleed.”
Burton said, ”Help me turn him over.” Together, they got the corpse onto its back, and Burton made a deep incision into the medial thigh, cutting down to the femoral artery and vein. Again there was no bleeding, and when they reached the artery, as thick as a man’s finger, it was clotted into a firm, reddish mass.
“Incredible.”
He began another incision, this time into the chest. He exposed the ribs, then searched Dr. Benedict’s office for a very sharp knife. He wanted an osteotome, but could find none. He settled for the chisel that had been used to open the capsule. Using this he broke away several ribs to expose the lungs and the heart. Again there was no bleeding.
Burton took a deep breath, then cut open the heart, slicing into the left ventricle.
The interior was filled with red, spongy material. There was no liquid blood at all.
“Clotted solid,” he said. “No question.”
“Any idea what can clot people this way?”
“The whole vascular system? Five quarts of blood? No.” Burton sat heavily in the doctor’s chair and stared at the body he had just cut open. “I’ve never heard of anything like it. There’s a thing called disseminated intravascular coagulation, but it’s rare and requires all sorts of special circumstances to initiate it.”
“Could a single toxin initiate it?”
“In theory, I suppose. But in fact, there isn’t a toxin in the world—”
He stopped.
“Yes,” Stone said. “I suppose that’s right.”
Subscribirse a:
Comentarios (Atom)