Amosando publicacións coa etiqueta Adolfo Bioy Casares. Amosar todas as publicacións
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14 de abril de 2025

La Trama Celeste


Adolfo Bioy Casares
La Trama Celeste (1948)

Este livro é composto por seis contos escritos entre 1944 e 1948, alguns com temas tangentes ao universo da ficção científica que, de algum modo, fazem lembrar o imaginário de Ray Bradbury. (Devia ser ao contrário, Bradbury é posterior, mas comecei a lê-lo muito antes de ter chegado ao autor argentino...) O excerto escolhido pertence ao conto que dá o título ao livro, uma narração quase paranoica de um piloto de testes da força aérea argentina que, ao executar determinada manobra com o avião, passa entre mundos paralelos, muito semelhantes na aparência, mas com diferenças cruciais que o colocam perante problemas insolúveis.

Caminó una cuadra y no encontró el pasaje. Caminó otra cuadra, y otra. El chofer seguía protestando; la voz era más baja, el tono más sarcástico. Morris volvió sobre sus pasos; dobló por Alvarado; ahí estaba el parque Pereyra, la calle Rochadale. Tomó Rochadale; a mitad de cuadra, a la derecha, debían interrumpirse las casas, y dejar lugar al pasaje Owen. Morris sintió como la antelación de un vértigo. Las casas no se interrumpieron; se encontró en Austratia. Vio en lo alto, con un fondo de nubes nocturnas, el tanque de la International, en Luzuriaga; enfrente debía estar el pasaje Owen; no estaba.
Miró la hora; le quedaban apenas veinte minutos.
Caminó rápidamente. Muy pronto se detuvo. Estaba, con los pies hundidos en un espeso fango resbaladizo, ante una lúgubre serie de casas iguales, perdido. Quiso volver al parque Pereyra; no lo encontró. Temía que el chofer descubriera que se había perdido. Vio a un hombre, le preguntó dónde estaba el pasaje Owen. El hombre no era del barrio. Morris siguió caminando, exasperado. Apareció otro hombre. Morris caminó hacia él; rápidamente, el chofer se bajó del automóvil y también corrió. Morris y el chofer le preguntaron a gritos si sabía dónde estaba el pasaje Owen. El hombre parecía asustado, como si creyera que lo asaltaban. Respondió que nunca oyó nombrar ese pasaje; iba a decir algo más, pero Morris lo miró amenazadoramente.


Li anteriormente:
Diario de la Guerra del Cerdo (1969)
El Sueño de los Héroes (1954)
La Invención de Morel (1940)

23 de maio de 2017

Diario de la Guerra del Cerdo

Adolfo Bioy Casares
Diario de la Guerra del Cerdo (1969)

Este livro foi mencionado em uma ou outra análise às reacções ao Brexit, e com razão.
Um grupo de amigos rondando os sessenta anos constata, com preocupação, na sua cidade, a criação de um ambiente de hostilidade em relação aos velhos, por parte dos jovens. Esses jovens, influenciados por um demagogo televisivo, partem para a violência, agressão e até assassínio, num clima de certa impunidade e, até, condescendência. Centrado na personagem de Isidoro Vidal, acompanhamos os casos e dramas no seu grupo, ao qual se referem muito naturalmente como «os rapazes», sem entenderem muito bem se já ultrapassaram a fronteira fatídica da idade que os torna num alvo preferencial. Uma frase do capítulo XLI resume a sua posição: «Os jovens não entendem até que ponto a falta de futuro elimina o velho de todas as coisas que na vida são importantes».
Ao contrário da sociedade tradicional, onde o ancião é respeitado pelo seu conhecimento e experiência, na moderna sociedade materialista e mercantilista o velho é considerado obsoleto e um peso morto; esta obra foi escrita há quase 50 anos e, ao intuir o que aí vinha, Bioy Casares foi um visionário.

Cuando dobló por Paunero, Vidal sintió de pronto una íntima convicción de estar solo. Dirigió la vista al sitio que debía ocupar Isidorito; ahí no había nadie. Se volvió hacia la esquina. Isidorito se alejaba en dirección a Bulnes.
—¿No venís a casa? —gritó Vidal.
—Sí, ya voy, viejo. Hago una diligencia y voy —contestó quejumbrosamente el muchacho.
Vidal pensó que sin duda llega un momento en la vida en que, haga uno lo que haga, solamente aburre. Queda entonces una manera de recuperar el prestigio: morir. Ambiguamente agregó: Por tan poco tiempo no vale la pena.
Había llegado a su casa. El temor de que Bogliolo, recostado contra la puerta, lo hubiera sorprendido en su monólogo, lo indujo a saludarlo excesivamente:
—¿Qué se cuenta, señor Bogliolo? ¿Cómo le va?
El otro no contestó en seguida. Después dijo:
—No le extrañe si no le devuelvo el saludo. Yo, a un hombre que no me cumple un encargo, lo doy por muerto. Le digo más: le concedo la importancia que se da a una basura.
Vidal lo miró desde abajo, se encogió de hombros, caminó a la pieza. Cuando hubo cerrado la puerta se prometió a sí mismo que si alguna vez llegaba a ser un gigante, molería a palos a Bogliolo. Hacía frío en el cuarto. Pensó: “Qué raro. Hablábamos con Isidorito del individuo y a los pocos minutos lo encuentro”. Se dijo que esos presagios, a lo mejor simples coincidencias, recuerdan que la vida, tan limitada y concreta para quien procura indicios del más allá, siempre puede envolvernos en pesadillas desagradablemente sobrenaturales. Puso a hervir el agua. Debía acordarse de hablar con Arévalo del tema de los presagios. En la juventud, a lo largo de interminables caminatas nocturnas, habían tenido famosas discusiones filosóficas; después, aparentemente, la vida los había cansado. Llevó la pavita y el mate, se acomodó en la mecedora, mateó y, ocasionalmente, se hamacó. Cerró los ojos. En la calle resonó una bocina como las que usaban los coches de antes. Cuando oyó a lo lejos el tranvía que después de la curva se balanceaba para tomar impulso y, con un quejido metálico, avanzaba acelerando, entendió que soñaba. Si no recordaba nada de lo que luego había ocurrido tenía alguna esperanza de que fuera el alba, de estar en su casa de la calle Paraguay y de que sus padres durmieran en el cuarto de al lado. Oyó un ladrido. Se dijo que era Vigilante, el perro, atado junto a la glicina del patio. Imaginó o soñó una conversación en que refería este sueño a Isidorito, que lo encontraba gracioso, por la presencia de anticuados tranvías y de automóviles cuyas bocinas emitían sonidos ridículos. Retrospectivamente resultaba difícil distinguir lo que había pensado de lo que había soñado. Creyó por primera vez entender porqué se decía que la vida es sueño: si uno vive bastante, los hechos de su vida, como los de un sueño, se vuelven incomunicables porque a nadie interesan. Las mismas personas, después de muertas, pasan a ser personajes de sueño para quien las sobrevive; se apagan en uno, se olvidan, como sueños que fueron convincentes, pero que nadie quiere oír. Hay padres que encuentran en sus hijos un auditorio bien dispuesto, de modo que en la crédula imaginación de algún chico los muertos recuperan un último eco de vida, que muy pronto se borra como si no hubieran existido nunca.

Li anteriormente:
El Sueño de los Héroes (1954)
La Invención de Morel (1940)

17 de marzo de 2016

El Sueño de los Héroes


Adolfo Bioy Casares
El Sueño de los Héroes (1954)

Depois de La Invención de Morel, esta é a minha segunda incursão na obra de Bioy Casares.
Trata-se da história de Emilio Gauna, que ganha uma boa maquia nas corridas de cavalos, e decide esbanjar o dinheiro numa farra de três dias de Carnaval. Acompanham-no o seu grupo de jovens amigos, tutelado pelo doutor Valerga, um homem de idade com grande influência sobre eles e, a contragosto, o barbeiro que havia dado a dica para a aposta. Turvado pela embriaguez, na madrugada da terceira noite, Gauna perde o conhecimento e a memória, até despertar no meio de um bosque, levado depois para uma casa de embarcadouro, na margem de um lago, onde é cuidado até recuperar a sobriedade.
Gauna conhece depois Clara, filha do bruxo Taboada, com quem vai desenvolver um lento processo de aproximação que o levará ao casamento. Mas os factos ocorridos na já distante terceira noite de Carnaval tornam-se uma crescente obsessão, uma nostalgia difusa que Gauna quer recuperar. Até que num outro Carnaval, três anos volvidos — e a lentidão da narração, até chegar a este ponto, torna-se por vezes exasperante —, Gauna volta a ganhar bom dinheiro, em corridas de cavalos, devido à dica de outro barbeiro. Interpretando isto como um sinal do destino, decide escapar a Clara e reunir novamente o velho grupo de amigos para uma segunda farra de três dias, regressando aos mesmos locais e fazendo o mesmo percurso, na esperança de invocar magicamente o tempo passado e reaver as suas memórias...

El último en entrar fue Gauna. Serafín Taboada le ofreció una mano muy limpia y muy seca. Era un hombre delgado, bajo, de profusa cabellera, de frente alta, huesuda, de ojos hundidos, de prominente nariz rojiza. En el cuarto había muchos libros, un armonio, una mesa, dos sillas; sobre la mesa, un incontenible desorden de libros y de papeles, un cenicero con muchas colillas, una piedra gris que servía de pisapapel. Dos láminas —las efigies de Spencer y de Confucio— colgaban de las paredes. Taboada indicó a Gauna que se sentara; le ofreció un cigarrillo (que no aceptó Gauna) y, después de encender uno, preguntó:
— ¿En qué puedo servirlo?
Gauna pensó un momento. Después respondió:
— En nada. Vine por acompañar a los muchachos.
Taboada arrojó el cigarrillo que había prendido y encendió otro.
— Lo siento —dijo, como si fuera a levantarse y poner fin a la entrevista; siguió sentado y, enigmáticamente, continuó—: Lo siento, porque tenía qué decirle algo. Será otra vez.
— Quién sabe.
— No hay que desesperar. El futuro es un mundo en el que hay de todo.
— ¿Como en la tienda de la esquina? —comentó Gauna—. Es lo que reza en la propaganda, pero, créame, cuando usted pide algo, le contestan que ya no hay más.
Gauna pensó que Taboada era tal vez más hablador que astuto o inteligente. Taboada continuó:
— En el futuro corre, como un río, nuestro destino, según lo dibujamos aquí abajo. En el futuro está todo, porque todo es posible. Allí usted murió la semana pasada y allí está viviendo para siempre. Allí usted se ha convertido en un hombre razonable y también se ha convertido en Valerga.
— No permito que se mofe del doctor.
— No me mofo —contestó brevemente Taboada—, pero quisiera preguntarle algo, si no lo toma a mal: ¿doctor en qué?
— Usted lo sabrá —replicó en el acto Gauna— ya que es brujo.
Taboada sonrió.
— Está bien, muchacho —dijo; luego prosiguió explicando—: si en el futuro no encontramos lo que buscamos, será porque no sabemos buscar. Siempre podemos esperar cualquier cosa.
— Yo no espero mucho —declaró Gauna—. No creo, tampoco, en brujerías.
— Tal vez tenga razón —repuso con tristeza Taboada—. Pero habría que saber lo que usted llama brujería. Le pongo por caso la transmisión del pensamiento. No hay gran mérito, le aseguro, en averiguar lo que piensa un joven enojado y asustadizo.

Li anteriormente:
La Invención de Morel (1940)

27 de abril de 2014

La Invención de Morel


Adolfo Bioy Casares
La Invención de Morel (1940)

Narrado na primeira pessoa por um condenado a prisão perpétua que procurou refúgio numa pequena ilha isolada e mal afamada - abandonada anos antes mas onde persistem as construções em perfeito estado (o chamado museu, a capela e outras edificações subsidiárias, e, até, energia eléctrica) -, a sua paz é perturbada pela chegada de um grupo de intrusos, que o forçam a ocultar-se. Vigiando-os à distância, acaba por apaixonar-se por Faustine, uma das mulheres do grupo. Aproximando-se dela e falando-lhe, ela ignora-o completamente, tal como as outras pessoas do grupo, quando as circunstâncias o forçam a denunciar a sua presença. Entretanto, ele vê no céu dois sois e duas luas, enquanto vai dando conta da duplicação de outros objectos e situações... Quanto a Morel, um dos intrusos (e como sugere Jorge Luis Borges no prefácio), não terá sido por acaso que o seu nome ressoa o de um outro inventor, numa outra ilha: o Doutor Moreau.

Entre los ruidos, empecé a oír fragmentos de una melodía concisa, muy remota... Dejé de oírla y pensé que había sido como esas figuras que, según Leonardo, aparecen cuando miramos un rato las manchas de humedad. Volvió la música y yo estuve con los ojos nublados, complacido por su armonía, convulso antes de aterrorizarme del todo. Después de un rato fui a la ventana. El agua, blanca en el vidrio, sin brillo, profundamente oscura en el aire, apenas dejaba ver... Tuve una sorpresa tan grande que no me importó asomarme por la puerta abierta.
Aquí viven los héroes del snobismo (o los pensionistas de un manicomio abandonado). Sin espectadores –o soy el público previsto desde el comienzo–, para ser originales cruzan el límite de incomodidad soportable, desafían la muerte. Esto es verídico, no es una invención de mi rencor... Sacaron el fonógrafo que está en el cuarto verde, contiguo al salón del acuario, y, mujeres y hombres, sentados en bancos o en el pasto, conversaban, oían música y bailaban en medio de una tempestad de agua y viento que amenazaba arrancar todos los árboles.