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13 de xullo de 2025

La Historia de los Vencidos


Joaquín Bochaca
La Historia de los Vencidos (1978)

A História dos Vencidos, com o subtítulo O Suicídio de Ocidente, é uma análise pormenorizada da história europeia desde a Grande Guerra até à década de 70, quando o livro foi escrito, sob uma perspectiva heterodoxa e pouco habitual. Muito do que aqui se escreve — a influência de uma "força secreta e inidentificável", que o presidente Woodrow Wilson referiu, aquando da assinatura do Tratado de Versalhes (embora ele soubesse muito bem qual a natureza desse factor) — já foi abordado, por exemplo, nos livros Derrota Mundial ou Infiltração Mundial de Salvador Borrego. Mas, ainda assim, Joaquín Bochaca acrescenta uma enorme quantidade de factos e referências que nunca param de surpreender. São essas forças, às quais Spengler chamava o "mundo abissal", que aqui ficam, uma vez mais, expostas e denunciadas.

El burgués adinerado Haim Kissel Mordekai Marx, no era un anticapitalista en el recto sentido de esa expresión. De haber sido un verdadero anticapitalista hubiera fustigado, en sus obras demagógicas, a los auténticos capitalistas, es decir, aquellos que viven del capital, del llamado dinero escriptural, del «Book-Money», creado por los banqueros por una simple anotación en sus libros… del dinero-crédito, llamado por el propio Trotsky, yerno de un poderoso banquero, «moneda falsa de curso legal». Mas, ¡oh, paradoja!, cuando habla del dinero-crédito, de la finanza usurera, Marx se expresa de manera tan cauta como temerosa. Hablando de la finanza, internacional y apátrida, Marx es un auténtico reaccionario retrógrado, para utilizar una expresión cara a los camaradas del Partido Comunista.
De haber sido un anticapitalista auténtico, Marx hubiera mencionado, en sus obras comunistas, a los numerosos capitalistas judíos que, ya en su época, infestaban Europa. Ejemplos no le faltaban: los Pereyre, los Camondo, los Peixotto, los Mayer, los Reinech, los Mendelssohn, los Schneider, y, sobre todo, aquella «estrella de cinco puntas» constituida por el Imperio Rothschild en Frankfurt, Londres, París, Viena y Nápoles. Una acumulación de riqueza, conseguida sin trabajo ni beneficio alguno para la comunidad —antes bien, en detrimento suyo—, como jamás los siglos vieron. He aquí un bello ejemplo de capitalismo a destruir. Pero Marx guarda discreto silencio. Para él, los únicos «capitalistas» son los dirigentes de empresa, los industriales, los terratenientes, y hasta los obreros expertos y peritos que rehusan ser rebajados al nivel de los jornaleros sin oficio ni beneficio.
Para Marx, evidentemente, el capitalismo de Estado soviético, bautizado «comunismo» para las masas ignorantes, no es más que un medio, una herramienta para llegar al verdadero fin: el imperialismo mundial de Sión.
[...]
Se organizó el pillaje sistemático de librerías y bibliotecas, públicas y privadas, así como de hemerotecas y museos. Millones de libros, revistas, periódicos publicados en Alemania entre 1933 y 1945 fueron quemados en inmensas piras por los defensores de la Libertad de Pensamiento. En el nombre de esa libertad fueron condenados a presidio los magiares Alfonsz Luzsenszkya y Dolány-Kovacs, «culpables» de haber traducido el Talmud y de haber publicado unas estadísticas demostrando que más del 60 por ciento de la riqueza de Hungría estaba controlada por israelitas.
En el nombre de la Libertad abstracta fueron suprimidas todas las libertades concretas. En el nombre de la Democracia igualmente abstracta, fueron impuestas a Europa, y no solamente a Alemania, las listas negras, la censura, la irradiación, la deportación, la pérdida de los derechos civiles… En el nombre de la Igualdad se establecieron una infinidad de privilegios y derechos especiales. Aunque en la II Guerra Mundial perecieron más de 50.000.000 de personas, sólo los judíos, independientemente de su nacionalidad oficial, percibieron —y continúan percibiendo—, indemnizaciones personales. Sólo ellos fueron compensados, al ciento por uno, de todos los perjuicios sufridos —real o imaginariamente— en una guerra provocada, en gran parte, por el Sionismo.
Entre 12 y 15 millones de personas del Este de Europa fueron expulsadas de sus hogares, sin indemnizaciones de ninguna clase, y sin que los demócratas de Occidente —¡ellos tan humanitarios!— tomaran medida alguna para aliviar su suerte.
Se obligó a Alemania a reconocer una deuda de «reparaciones» de 3.600.000.000 de marcos, pagaderos al Estado de Israel… que ni siquiera existía cuando las pretendidas exterminaciones masivas de judíos tuvieron lugar. Esto equivalía, por otra parte, a darle la razón, retrospectivamente, a Hitler, cuando afirmaba que —independientemente del lugar de su nacimiento, un judío es, antes que nada, judío—. Si se afirma, por ejemplo, que los nazis exterminaron a 90.000 judíos holandeses (lo que constituye una siniestra broma) y luego se obliga a Alemania a pagar una indemnización por ello, no a Holanda, sino a Israel, es evidente que se reconoce que cuando Hitler decía que el judío es, antes que nada, judío, tenía razón. Aunque no hay motivo para atribuir tal descubrimiento al Führer: antes que él dijeron lo mismo San Luis, Voltaire, Mahoma, los Faraones de Egipto. Napoleón, Franklin, Lutero, Erasmo de Rotterdam, Cicerón y todos los gerifaltes del Sionismo, desde Herzl hasta Goldman.


Li anteriormente:
El Mito de los 6 Millones (1978)
El Enigma Capitalista (1977)
Los Crímenes de los «Buenos» (1982) 

20 de febreiro de 2018

El Mito de los 6 Millones



Joaquín Bochaca
El Mito de los 6 Millones (1978)

Na nossa sociedade ocidental há poucos dogmas, hoje em dia. Quase todos são de extracção recente, nascidos por imposição do pensamento único e policiados por uma minoria ululante contra a maioria letárgica, acobardada no seu silêncio.
Tempos houve em que apenas existia um dogma: o Holocausto com agá maiúsculo, o facto histórico acima de qualquer escrutínio, plasmado na lei como verdade absoluta. Actualmente, muitos países que se consideram “democráticos” (este número tem vindo a aumentar), têm penas de prisão previstas para quem questionar a versão oficial da História, seja por dissidência, seja por fazer perguntas inconvenientes. Entre eles, recordemos: Alemanha, Áustria, Bélgica, Eslováquia, França, Hungria, Liechtenstein, Lituânia, Países Baixos, Polónia, Portugal, República Checa, Roménia, Suíça e, claro, Israel (a lista é incompleta, refere sobretudo os países europeus, não por acaso quase todos “sob ocupação” da União Europeia).
O dogma é um ponto basilar de uma religião. Com o Holocausto os paralelismos são evidentes: existem os mártires, os sacerdotes, os livros sagrados, as vias-sacras da peregrinação, as esmolas (neste caso verdadeiras fortunas, a pretexto de indemnizações), o templo onde arde a chama eterna, o dia santo de guarda, e a liturgia quotidiana sempre presente recordando-nos a nossa natureza pecadora. E, transformado em religião, o Holocausto é passível de uma de duas escolhas: ou se acredita, ou não.
O autor de El Mito de los 6 Millones está entre os não-crentes, como é óbvio; e, mais ainda, sustenta que o mito se baseia em alegações absurdas e mentiras grosseiras, que atentam contra a inteligência das pessoas normais. Como não quero correr o risco de transcrever aqui uma passagem negacionista (no fim de contas é crime), opto por citar um excerto onde se evidencia a natureza mitómana do “povo eleito”. Suponho que isto ainda não foi proibido...

Más irónico es todavía que los más absurdos relatos de exterminios masivos aparezcan en la literatura talmúdica judía y en el Antiguo Testamento. He aquí algunos ejemplos de ello: Adriano, cónsul romano en Egipto en el año 200, exterminó a la población judía de Alejandría, según el Talmud, o le causó importantes bajas según modernos historiadores. Ahora bien: el Talmud afirma que el número de judíos exterminados en Alejandría fue de 1.200.000, cuando según cualquier historiador solvente la población de aquella ciudad en tal época no pasaba de los 500.000, y en ella los judíos sólo eran una relativamente importante minoría.
Digna de mención es, también, la revuelta de Bar-Kochba, un judío que se declaró Mesías en el siglo II de la Era Cristiana, y se sublevó contra los romanos. Aún cuando la población judía de Palestina era, en aquél entonces, de unos 500.000 habitantes, el Talmud asegura que el ejército de Bar-Kochba se componía de 200.000 soldados. Esto es sencillamente imposible; pero sigamos. Bar-Kochba abandonó Jerusalén y se hizo fuerte en la ciudad amurallada de Bethar, pero la ciudad fue tomada por los romanos tras un asedio tremendo y toda la población de Bethar asesinada. Esta es al menos la versión oficial judía. En todas las historias de Roma que hemos podido consultar, desde la de Gibbon hasta la de Mommsen, el episodio de la toma de Bethar se le da una importancia mínima, y tengamos en cuenta que en la batalla de Cannas hubo unos setenta mil muertos y en la cuenta de Zama —tal vez la victoria más importante de Roma en su lucha con Cartago— setenta mil. Rarísimo, pues, que historiadores de la talla de los citados omitan mencionar la toma de Bethar como una gran victoria... pues gran victoria debía ser capturar una plaza defendida por 200.000 guerreros a los que hubo que exterminar en su totalidad. Esto parece casi milagroso que haya sido unánimemente omitido por la totalidad de los historiadores. Mas milagroso aún parece que en la pequeña plaza fuerte de Bethar pudieran cobijarse nada menos que 200.000 guerreros, si tenemos en cuenta que las dimensiones eran de 600 metros de profundidad por doscientos de anchura, según fuentes judaicas de indiscutible calidad. Si la aritmética, no miente, para albergar a 200.000 guerreros, con sus lanzas y corazas, y suponemos que sus escuadrones de caballería, en un rectángulo de 120.000 metros cuadrados, seria preciso distribuirlos de manera que tocaran a... 0,6 metros cuadrados por guerrero. Estamos por creer que la guarnición de Bethar no murió a causa del ardor bélico de los romanos sino de claustrofobia y asfixia. Y, no obstante, las citadas fuentes judías, insisten en que la lucha fue épica y la resistencia heroica. El mismo Bar-Kochba, era tan fuerte y tan ágil que cogía al vuelo las piedras arrojadas por las catapultas romanas y las devolvía de un sólo movimiento al campo de origen. Debieron transcurrir dieciocho siglos para que una tal proeza fuera repetida por Popeye tras ingurgitar apresuradamente una ración de espinacas.
Para terminar con el abracadabrante episodio de la toma de Bethar, muy seriamente relatado, con pelos y señales, por el Talmud, mencionaremos que el número de judíos exterminados por los romanos, queremos suponer que ya no en Bethar, sino en el resto de Palestina, fue de... ¡40 millones! Repetimos: Cuarenta millones. Y para ilustrarnos sobre la verosimilitud de la cifra, se asegura que la sangre de los judíos exterminados llegaba hasta los belfos de los caballos romanos y se perdía, como un río, en el mar, cuyas aguas teñía en una extensión de seis kilómetros.

Li anteriormente:
El Enigma Capitalista (1977)
Los Crímenes de los «Buenos» (1982)

19 de marzo de 2017

El Enigma Capitalista



Joaquín Bochaca
El Enigma Capitalista (1977)

Uma frase, algures, chamou-me a atenção para este livro: afirmava, certamente por outras palavras, que tudo quanto O Capital de Karl Marx fora incapaz de explicar no seu emaranhado de centenas de páginas, estava aqui plasmado de forma evidente e cristalina; Marx nunca teria abordado a essência da natureza do dinheiro, e aí residiria o âmago do capitalismo internacional. Apesar de nunca ter lido Marx (nem estar sequer nos meus projectos fazê-lo), parece-me óbvio que o filósofo judeu nunca esteve interessado em pôr termo ao capitalismo, mas, simplesmente, em transferi-lo dos burgueses para o Estado, mudando apenas o agente explorador.
Apesar de publicado originalmente em 1977, a propósito da crise financeira que então grassava, esta edição data de 2008, aproveitando o estalar de nova crise financeira, desta vez bem mais persistente.
Começando por explicar as razões para o aumento da miséria em plena abundância, o que espanta é a absoluta actualidade do texto, dos mecanismos descritos, a repetição dos processos utilizados e dos resultados obtidos. Em 30 anos (ou serão 130?) não mudou nada, e, bem vistas as coisas, nada poderia mudar, porque a natureza cíclica das crises serve determinados interesses. Como declarou Henry Ford em 1922, «Convém que o povo não perceba como funciona o sistema bancário e monetário, pois se percebesse acredito que haveria uma revolução antes de amanhã de manhã.»
Numa segunda parte, dedicada a fazer a história do designado establishment, a propósito do binómio Alta Finança-Revolução, cujo alcance parece ter sido inteiramente compreendido e aceite por tão poucos, o autor invoca como explicação o geralmente subestimado fenómeno da preguiça mental, e, recorrendo a uma citação de Bernard Shaw, afirma: «Alguns homens prefeririam morrer a pensar. São os mártires da estupidez humana.»
Além do diagnóstico, este livro tem a vantagem de propor a via alternativa, ao que se dedica na sua terceira parte, intitulada “A Solução”, centrada no conceito do Dividendo Nacional. Não uma solução, como sublinha o autor, mas a solução. De leitura obrigatória.

Al entregar su dinero en el banco, los depositarios obtenían un recibo que les entregaba el banquero, y sobre tal recibo —documento, en sí, intachable— se iba a montar el mayor timo de todos los tiempos.
En efecto, el banquero era un hombre observador y pronto se dio cuenta de que la gente utilizaba esos recibos como si de auténtico dinero se tratara. Esos recibos, respaldados por dinero auténtico, hacían la misma función que el dinero, es decir, servían para adquirir mercancías y contratar servicios. Como tales recibos no era nominativos, cualquier persona, que a lo mejor nunca había depositado dinero en el banco, podía presentarse en la ventanilla de pagos del mismo, y, exhibiendo un recibo por una cantidad determinada de dinero oficial, o legal, exigir tal cantidad en el acto. Un inciso imprescindible: decimos dinero oficial, o legal, porque esos recibos, al ser aceptados por la comunidad como medio de pago, se convertían automáticamente, de hecho, en dinero. También se dio cuenta, el banquero, de que, en promedio, los impositores sólo retiraban, en un período determinado de tiempo, el diez por ciento del dinero depositado. O dicho en otras palabras, que el noventa por ciento de sus depósitos permanecían en sus cofres, y que con el diez restante tenía suficiente para hacer frente a los recibos que se le irían presentando al cobro. La tentación era demasiado grande para el banquero, hombre cuya conciencia no sentía excesivamente el embarazo de los escrúpulos, o no podía sentirlos por sus condiciones étnicas y religiosas. Y se formuló a sí mismo la siguiente pregunta: ¿Por qué no poner en circulación más recibos, representando nueve veces más valor que el dinero que, efectivamente, tenía en su caja fuerte? Para él, formular así esa pregunta equivalía a responderla en el sentido deseado por su yo íntimo. Es decir, que multiplicó por nueve sus recibos —comprometiéndose a pagar un dinero que no tenía, o, como máximo, sólo tenía en una novena parte —y empezó a prestarlo a particulares y, sobre todo, a comerciantes, cobrando un interés por ese dinero inexistente. En realidad, más que inexistente, ficticio; pues existencia, aunque fraudulenta, la tenía, al entregarse mercancías y servicios por él. Este fue el fraude original, que ha perdurado hasta nuestros días, y que está en la raíz de todos nuestros males económicos. Como dice Gertrude Coogan, “los banqueros pueden justificar sus prácticas como gusten, pero el hecho es que cuando prestan su ‘crédito’ a interés lo único que hacen es crear dinero privado, que luego pueden reclamar y destruir a su voluntad para desesperación y empobrecimiento del prestatario” quien periodicamente se ve obligado, por la artificial escasez del dinero-crédito, a entregar bienes auténticos por el dinero-crédito que tomó en préstamo.
El banquero, al proceder de esta guisa, efectivamente, ha creado dinero. Y para crearlo lo único que ha necesitado ha sido que un empleado del banco tomara una pluma, o un bolígrafo, y escribiera en el Libro Mayor del banco, una cifra cualquiera, pongamos diez millones de pesetas, en el saldo deudor del prestatario. Pero, al mismo tiempo, en el saldo acreedor del mismo, se ha anotado la garantía que éste ha debido ofrecer contra el préstamo bancario. Dicha garantía, que siempre debe ser un bien tangible, una casa, unos terrenos, unas cosechas o el título de propiedad de una industria, siempre vale más que el dinero que el banco presta. Al prestatario se le entrega un talonario de cheques, que permiten fraccionar cómodamente el importe del préstamo, luego se le carga en cuenta un interés por dicho préstamo, interés que oscila entre un cinco y un nueve por ciento en las épocas relativamente “tranquilas”, pero que puede ser mucho más elevado en las épocas turbias y la operación ha sido puesta en marcha.
Detengámonos un momento para hacer las siguientes observaciones:
a) Al poner en circulación de hecho, más dinero, que aparece en el mercado antes de que el mismo haya podido generar más riqueza, se ha puesto en movimiento un proceso inflacionario, es decir, se ha hecho perder valor al dinero que existía ya en circulación.
b) Las mercancías que, con el nuevo dinero, irán apareciendo en el mercado, llevarán su costo gravado con el interés bancario —como ya hemos dicho, de un 5 a un 9 por ciento— que deberán pagar, en última instancia, los consumidores. Nueva contribución al proceso inflacionario.
c) Mientras el banquero ha entregado sus “promesas de pagar” dinero —pues nadie, por muy banquero que sea, puede crear algo de la Nada, y así, lo que él presta no son más que promesas— en cambio, el prestario ha entregado al banquero títulos que representan una riqueza que, a parte de ser muy superior al préstamo, es real. Ha habido, pues, un notorio abuso de confianza por parte del banco. Como decíamos en otro lugar “mientras el banco dispone contra la comunidad de garantías representando una riqueza real, tal como fábricas, fincas, cosechas, etc. la comunidad no dispone, contra los bancos, de ninguna garantía. La menor tentativa hecha por los acreedores de un banco para ejercitar sus garantías contra éste, pone de manifiesto que dichas garantías, de hecho, no tienen substancia alguna. Si tales acreedores le “aprietan demasiado las clavijas” al banco, son castigados perdiendo todos sus ahorros. El banco cierra sus puertas poniendo de manifiesto que sus “promesas de pagar” son falsas promesas... a menos que el gobierno no acuda en su ayuda con una moratoria.... moratoria cuyas consecuencias serán que, al fin y a la postre, la comunidad en bloque deberá pagar para cubrir las falsas promesas del banquero.

Li anteriormente:
Los Crímenes de los «Buenos» (1982)

7 de outubro de 2016

Los Crímenes de los «Buenos»


Joaquín Bochaca
Los Crímenes de los «Buenos» (1982)

Este livro parte dos critérios utilizados nos julgamentos de Nuremberga – crimes contra a paz, crimes de guerra e crimes contra a humanidade (crimes que não estavam tipificados na época em que foram cometidos) – e aplica-os ao lado vencedor, com resultados demolidores, tanto mais quando boa parte destes crimes foram cometidos após terminar a guerra.
Somos confrontados com o bombardeamento gratuito de cidades e populações, atrás da linha de frente e com o único objectivo de provocar a morte de civis, como se viu no bombardeamento de Dresden, cidade aberta, sem qualquer interesse militar, onde se juntavam centenas de milhares em fuga da frente leste, provocando mais vítimas que Hiroshima e Nagasaki juntas (outras duas cidades sem objectivos militares). Acompanhamos os constantes atropelos às Convenções de Genebra e de Haia por parte dos Aliados, os "bons", e a guerra desleal que, desde a primeira hora moveram contra o Eixo; a manipulação da camarilha de Roosevelt na preparação de um "isco" chamado Pearl Harbour que, finalmente, lhes deu o pretexto que tanto procuravam para levar os EUA a uma guerra alheia; passamos pela farsa do Tribunal de Nuremberga, pela ignomínia do Plano Morgenthau e da Operação Kellhaul; observamos a utilização de mão de obra escrava nos anos que se seguiram ao fim da guerra (não só pela URSS, mas também pela Austrália, França e Inglaterra); verificamos a contabilidade de vítimas que são atribuídas aos "bons", segundo as estimativas mais modestas: 10,5 milhões de mortos por crimes de guerra e depurações, 6,9 milhões de prisioneiros e deportados desaparecidos por violação das Convenções de Genebra, 13,5 milhões de pessoas encarceradas após o fim da guerra por aplicação de leis retroactivas; analisamos o percurso dos protagonistas nas décadas que se seguiram ao confronto, e por fim, o somatório de vítimas atribuídos ao comunismo, segundo um estudo (naturalmente incompleto) publicado por Jean-Pierre Dujardin em 1978: 150 milhões de mortos – temas sombrios lançados ao esquecimento, enquanto se apontavam os holofotes para outro lado. Falava-se dos crimes míticos e pretéritos para que não se falasse dos "crimes dos bons".
Este livro recomenda-se a quem não se conforma com os dogmas da historiografia marxista, com essa leitura errada, mas infinitamente propagandeada pelos mass media, tendo o mérito de recorrer, sempre que possível, ao testemunho escrito de partidários dos Aliados ou, quando muito, de autores tidos como neutrais.
Destacam-se os capítulos dedicados a analisar as condições que levaram ao despoletar da guerra: as absurdas disposições do Tratado de Versalhes, por uma incompetente (ou algo mais?) Sociedade das Nações, foram na realidade o rastilho já aceso que levou a essa nova hecatombe bélica em território europeu, uma guerra procurada a todo o transe por determinadas elites políticas e financeiras anglo-franco-estadounidenses – os chamados poderes fácticos –, com o fim inconfessável de proteger a revolução internacionalista soviética, contra a vontade e o sentimento dos seus próprios povos. A forma como a Polónia foi usada como pretexto, e incentivada a criar as condições que levassem à intervenção alemã (e consequente guerra), oferecendo-lhe uma aliança para a qual tanto a França como a Inglaterra sabiam estar impreparadas para responder; mentindo-lhe sobre o poderio militar alemão, desvalorizando-o, e sobre a pretensa impopularidade do regime, fazendo-lhe crer que, mal estalasse a guerra, este seria deposto pela aristocracia militar; acicatou-se o nacionalismo polaco contra as minorias alemãs que viviam dentro das suas fronteiras, numa série de agressões e limpeza étnica que culminaram ao massacre de Bromberg (quantas vezes se ouviu falar disto nos mass media?), nas vésperas da inevitável intervenção do Reich.
Curioso será notar que a segurança e integridade da Polónia, pretexto oficial que levou à guerra, foi esquecido em duas semanas, tempo que mediou a invasão alemã e a violação da sua fronteira oriental pelas tropas soviéticas, que já não mereceu qualquer desagravo. E, passados cinco anos, metade do que era o território polaco foi alegremente entregue pelos autoproclamados "protectores" à URSS, ficando a Polónia como um estado vassalo, no qual importantes cargos do governo e da administração foram ocupados pelos amos soviéticos.

Aunque toda ciudad alemana de alguna importancia fue profusamente bombardeada, cabe hacer especial mención de los bombardeos de Berlín y, sobre todo, de Hamburgo, el 25 de julio y el 3 de agosto de 1943. Los ataques contra los barrios residenciales de la capital hanseática se desarrollaron de noche, y con una saña hasta entonces inigualada. Pero todos los récords de la gratuita violencia fueron batidos en el bombardeo de Dresde, llevado a cabo durante la noche del 13 al 14 de febrero de 1945. Esa fue la más sangrienta acción bélica realizada, a lo largo de toda la Historia del Mundo, contra una población civil. Dresde, se hallaba entonces, a unos 115 kilómetros de las líneas del frente germano-ruso, y a ella habían llegado más de medio millón de refugiados, ancianos, mujeres y niños. Dresde era una ciudad abierta. En ella no habían cuarteles, ni fábricas de armamentos, ni objetivos militares de ningún género. Habían, en cambio, numerosos hospitales, con enormes cruces rojas pintadas en sus azoteas.
En la mañana del 13 de febrero, 35 aviones ingleses de reconocimiento volaron sobre Dresde y tomaron numerosas fotografías, sin ser inquietados por la Luftwaffe, que se hallaba operando en el frente, ni por las defensas antiaéreas, inexistentes en una ciudad residencial cuya única industria era la de cerámicas. Por la noche, 800 bombarderos de la RAF arrojaron sobre la indefensa ciudad, abarrotada de refugiados, una lluvia de bombas explosivas e incendiarias. Al amanecer del día siguiente, una segunda oleada de bombarderos descargó otro alud de fuego. Y horas más tarde, otros 1.200 tetramotores acabaron de machacar la ciudad destruida, avivando la horrorosa pira con latas de petróleo. En total se lanzaron sobre Dresde 10.000 bombas explosivas y 650.000 bombas incendiarias, amén de 15.000 latas de petróleo, de un hectolitro cada una. El escritor inglés F.J.P. Veale, dice: «Para dar una impresión más dramática, en medio del horror general, las fieras del Parque Zoológico, frenéticas por el ruido y por el resplandor de las explosiones, se escaparon. Se cuenta que estos animales, así como los grupos de refugiados, fueron ametrallados cuando trataban de escapar a través del Parque Grande, por aviones de caza en vuelo rasante... en dicho parque fueron encontrados luego muchos cuerpos de hombres y animales acribillados a balazos... Para evitar las epidemias causadas por los cadáveres en putrefacción, hubo que organizar gigantescas piras que consumían, cada una, cinco mil cuerpos o pedazos de cuerpos. La espantosa tarea se prolongó durante varias semanas.
«Los cálculos del número total de victimas en ese descomunal bombardeo varían mucho de uno a otro. Algunos elevan la cifra hasta un cuarto de millón. Personalmente nos sentimos inclinados a adherimos a esa cifra». Irving no se atreve a dar cifras aunque opta por la de 235.000 muertos y cabe suponer que el número de heridos debió, al menos, doblar esa cantidad.
[...]
El retrato de este gran hombre quedaría incompleto si no se añadiera su intención de arrojar bombas bacteriológicas sobre Alemania. Según la revista americana Spotlight (8-VI-1981) Churchill quería lanzar bombas venenosas y bacteriológicas sobre Berlín, Hamburgo, Frankfurt y Sttugart, a finales de 1944. El plan consistía en arrojar un millón de pequeñas bombas sobre cada una de esas ciudades; esas bombas contendrían bacterias de ántrax. El ántrax es una enfermedad mortalmente contagiosa, tanto para personas como para animales. Tal vez en medio de una de sus clásicas intoxicaciones etílicas, Sir Winston le dijo al jefe de su departamento de guerra química que investigara si el uso de bombas de gas, especialmente de gas mostaza, y de bombas bactericidas resultaría. Según el funcionario consultado, si el plan se hubiera llevado a la práctica, Berlín sería inhabitable todavía en 1981; el número de muertes no hubiera bajado de los tres millones de personas que, dadas las circunstancias, hubieran sido mayoritariamente mujeres, niños, ancianos y prisioneros de guerra.
Dichas bombas no se usaron por no haberse llegado a producir en número suficiente antes del fin de la guerra. Esta «perla» humanitaria ha sido divulgada, incluso, por la muy oficial B.B.C. Y tal vez convendría recordar aquí, que Hitler, una víctima del gas en la I Guerra Mundial, rehusó emplearlo en la II, y que Churchill fue también el responsable de los primeros campos de concentración para civiles en la guerra contra los Boers.
[...]
Un inciso. Queremos llamar la atención sobre un punto que hemos observado escapa a la atención de los más, pese a su sensacional rareza. En el momento de terminar la guerra de las Democracias contra los Fascismos —nos consta que la denominación no es demasiado precisa, pero debemos esquematizar en aras de la comprensión general— eran líderes de las Cinco Grandes Potencias: Truman, Churchill, Stalin, De Gaulle y Chiang-Kai-Chek. Pues bien; ninguno de estos personajes llegó al poder por medio del Sufragio Universal. Truman sucedió automáticamente a Roosevelt, como Vice-Presidente que era, a la muerte de este, pero nadie le había votado como Presidente. Churchill llegó a Primer Ministro por una maniobra de pasillos en el Parlamento, pero el pueblo inglés no le votó, y en cuanto tuvo ocasión de votarle, le echó a la calle. [El pueblo inglés se hartó de negarle sus votos a Churchill. Para tan ferviente creyente en la taumaturgia de la Democracia eso debió ser desmoralizador y traumatizante. Fue, sucesivamente, derrotado en elecciones parciales a diputado cuando se presentó por los laborales, los jóvenes conservadores, los laboristas independientes y los conservadores. Llegó a Primer Ministro merced a una maniobra de pasillos en el Parlamento. Cuando volvió a ser Premier en 1951, lo hizo al alimón con Eden, pero al retirarse discretamente este, cual estaba convenido, el culto pueblo británico volvió a echarle. (N. del A)]
Stalin y Chiang-Kai-Chek eran dos dictadores y nunca habían sido votados. Y De Gaulle, desde 1944 hasta 1948, permaneció en el Poder sin someter su augusta persona a ninguna votación.
Se ha dicho que fue la guerra de las Democracias contra las Dictaduras. Hemos visto que las democracias estaban encabezadas por individuos que no habían llegado al poder por el sistema del Sufragio Universal. El único que llegó al Poder por ese método fue el Canciller del III Reich, Adolf Hitler. Gustará o no gustará. Pero es un hecho. Y los hechos son tozudos.