Amosando publicacións coa etiqueta Joaquín Bochaca b>. Amosar todas as publicacións
Amosando publicacións coa etiqueta Joaquín Bochaca b>. Amosar todas as publicacións
13 de xullo de 2025
La Historia de los Vencidos
Joaquín Bochaca
La Historia de los Vencidos (1978)
A História dos Vencidos, com o subtítulo O Suicídio de Ocidente, é uma análise pormenorizada da história europeia desde a Grande Guerra até à década de 70, quando o livro foi escrito, sob uma perspectiva heterodoxa e pouco habitual. Muito do que aqui se escreve — a influência de uma "força secreta e inidentificável", que o presidente Woodrow Wilson referiu, aquando da assinatura do Tratado de Versalhes (embora ele soubesse muito bem qual a natureza desse factor) — já foi abordado, por exemplo, nos livros Derrota Mundial ou Infiltração Mundial de Salvador Borrego. Mas, ainda assim, Joaquín Bochaca acrescenta uma enorme quantidade de factos e referências que nunca param de surpreender. São essas forças, às quais Spengler chamava o "mundo abissal", que aqui ficam, uma vez mais, expostas e denunciadas.
El burgués adinerado Haim Kissel Mordekai Marx, no era un anticapitalista en el recto sentido de esa expresión. De haber sido un verdadero anticapitalista hubiera fustigado, en sus obras demagógicas, a los auténticos capitalistas, es decir, aquellos que viven del capital, del llamado dinero escriptural, del «Book-Money», creado por los banqueros por una simple anotación en sus libros… del dinero-crédito, llamado por el propio Trotsky, yerno de un poderoso banquero, «moneda falsa de curso legal». Mas, ¡oh, paradoja!, cuando habla del dinero-crédito, de la finanza usurera, Marx se expresa de manera tan cauta como temerosa. Hablando de la finanza, internacional y apátrida, Marx es un auténtico reaccionario retrógrado, para utilizar una expresión cara a los camaradas del Partido Comunista.
De haber sido un anticapitalista auténtico, Marx hubiera mencionado, en sus obras comunistas, a los numerosos capitalistas judíos que, ya en su época, infestaban Europa. Ejemplos no le faltaban: los Pereyre, los Camondo, los Peixotto, los Mayer, los Reinech, los Mendelssohn, los Schneider, y, sobre todo, aquella «estrella de cinco puntas» constituida por el Imperio Rothschild en Frankfurt, Londres, París, Viena y Nápoles. Una acumulación de riqueza, conseguida sin trabajo ni beneficio alguno para la comunidad —antes bien, en detrimento suyo—, como jamás los siglos vieron. He aquí un bello ejemplo de capitalismo a destruir. Pero Marx guarda discreto silencio. Para él, los únicos «capitalistas» son los dirigentes de empresa, los industriales, los terratenientes, y hasta los obreros expertos y peritos que rehusan ser rebajados al nivel de los jornaleros sin oficio ni beneficio.
Para Marx, evidentemente, el capitalismo de Estado soviético, bautizado «comunismo» para las masas ignorantes, no es más que un medio, una herramienta para llegar al verdadero fin: el imperialismo mundial de Sión.
[...]
Se organizó el pillaje sistemático de librerías y bibliotecas, públicas y privadas, así como de hemerotecas y museos. Millones de libros, revistas, periódicos publicados en Alemania entre 1933 y 1945 fueron quemados en inmensas piras por los defensores de la Libertad de Pensamiento. En el nombre de esa libertad fueron condenados a presidio los magiares Alfonsz Luzsenszkya y Dolány-Kovacs, «culpables» de haber traducido el Talmud y de haber publicado unas estadísticas demostrando que más del 60 por ciento de la riqueza de Hungría estaba controlada por israelitas.
En el nombre de la Libertad abstracta fueron suprimidas todas las libertades concretas. En el nombre de la Democracia igualmente abstracta, fueron impuestas a Europa, y no solamente a Alemania, las listas negras, la censura, la irradiación, la deportación, la pérdida de los derechos civiles… En el nombre de la Igualdad se establecieron una infinidad de privilegios y derechos especiales. Aunque en la II Guerra Mundial perecieron más de 50.000.000 de personas, sólo los judíos, independientemente de su nacionalidad oficial, percibieron —y continúan percibiendo—, indemnizaciones personales. Sólo ellos fueron compensados, al ciento por uno, de todos los perjuicios sufridos —real o imaginariamente— en una guerra provocada, en gran parte, por el Sionismo.
Entre 12 y 15 millones de personas del Este de Europa fueron expulsadas de sus hogares, sin indemnizaciones de ninguna clase, y sin que los demócratas de Occidente —¡ellos tan humanitarios!— tomaran medida alguna para aliviar su suerte.
Se obligó a Alemania a reconocer una deuda de «reparaciones» de 3.600.000.000 de marcos, pagaderos al Estado de Israel… que ni siquiera existía cuando las pretendidas exterminaciones masivas de judíos tuvieron lugar. Esto equivalía, por otra parte, a darle la razón, retrospectivamente, a Hitler, cuando afirmaba que —independientemente del lugar de su nacimiento, un judío es, antes que nada, judío—. Si se afirma, por ejemplo, que los nazis exterminaron a 90.000 judíos holandeses (lo que constituye una siniestra broma) y luego se obliga a Alemania a pagar una indemnización por ello, no a Holanda, sino a Israel, es evidente que se reconoce que cuando Hitler decía que el judío es, antes que nada, judío, tenía razón. Aunque no hay motivo para atribuir tal descubrimiento al Führer: antes que él dijeron lo mismo San Luis, Voltaire, Mahoma, los Faraones de Egipto. Napoleón, Franklin, Lutero, Erasmo de Rotterdam, Cicerón y todos los gerifaltes del Sionismo, desde Herzl hasta Goldman.
Li anteriormente:
El Mito de los 6 Millones (1978)
El Enigma Capitalista (1977)
Los Crímenes de los «Buenos» (1982)
20 de febreiro de 2018
El Mito de los 6 Millones
Joaquín Bochaca
El Mito de los
6 Millones (1978)
Na nossa
sociedade ocidental há poucos dogmas, hoje em dia. Quase todos são
de extracção recente, nascidos por imposição do pensamento único
e policiados por uma minoria ululante contra a maioria letárgica,
acobardada no seu silêncio.
Tempos houve em
que apenas existia um dogma: o Holocausto com agá maiúsculo, o
facto histórico acima de qualquer escrutínio, plasmado na lei como
verdade absoluta. Actualmente, muitos países que se consideram
“democráticos” (este número tem vindo a aumentar), têm penas
de prisão previstas para quem questionar a versão oficial da
História, seja por dissidência, seja por fazer perguntas
inconvenientes. Entre eles, recordemos: Alemanha, Áustria, Bélgica,
Eslováquia, França, Hungria, Liechtenstein, Lituânia, Países
Baixos, Polónia, Portugal, República Checa, Roménia, Suíça e,
claro, Israel (a lista é incompleta, refere sobretudo os países
europeus, não por acaso quase todos “sob ocupação” da União
Europeia).
O dogma é um
ponto basilar de uma religião. Com o Holocausto os paralelismos são
evidentes: existem os mártires, os sacerdotes, os livros sagrados,
as vias-sacras da peregrinação, as esmolas (neste caso verdadeiras
fortunas, a pretexto de indemnizações), o templo onde arde a chama
eterna, o dia santo de guarda, e a liturgia quotidiana sempre
presente recordando-nos a nossa natureza pecadora. E, transformado em
religião, o Holocausto é passível de uma de duas escolhas: ou se
acredita, ou não.
O autor de El
Mito de los 6 Millones está entre os não-crentes, como é
óbvio; e, mais ainda, sustenta que o mito se baseia em alegações
absurdas e mentiras grosseiras, que atentam contra a inteligência
das pessoas normais. Como não quero correr o risco de transcrever
aqui uma passagem negacionista (no fim de contas é crime), opto por
citar um excerto onde se evidencia a natureza mitómana do “povo
eleito”. Suponho que isto ainda não foi proibido...
Más
irónico es todavía que los más absurdos relatos de exterminios
masivos aparezcan en la literatura talmúdica judía y en el Antiguo
Testamento. He aquí algunos ejemplos de ello: Adriano, cónsul
romano en Egipto en el año 200, exterminó a la población judía de
Alejandría, según el Talmud, o le causó importantes bajas según
modernos historiadores. Ahora bien: el Talmud afirma que el número
de judíos exterminados en Alejandría fue de 1.200.000, cuando según
cualquier historiador solvente la población de aquella ciudad en tal
época no pasaba de los 500.000, y en ella los judíos sólo eran una
relativamente importante minoría.
Digna
de mención es, también, la revuelta de Bar-Kochba, un judío que se
declaró Mesías en el siglo II de la Era Cristiana, y se sublevó
contra los romanos. Aún cuando la población judía de Palestina
era, en aquél entonces, de unos 500.000 habitantes, el Talmud
asegura que el ejército de Bar-Kochba se componía de 200.000
soldados. Esto es sencillamente imposible; pero sigamos. Bar-Kochba
abandonó Jerusalén y se hizo fuerte en la ciudad amurallada de
Bethar, pero la ciudad fue tomada por los romanos tras un asedio
tremendo y toda la población de Bethar asesinada. Esta es al menos
la versión oficial judía. En todas las historias de Roma que hemos
podido consultar, desde la de Gibbon hasta la de Mommsen, el episodio
de la toma de Bethar se le da una importancia mínima, y tengamos en
cuenta que en la batalla de Cannas hubo unos setenta mil muertos y en
la cuenta de Zama —tal vez la victoria más importante de Roma en
su lucha con Cartago— setenta mil. Rarísimo, pues, que
historiadores de la talla de los citados omitan mencionar la toma de
Bethar como una gran victoria... pues gran victoria debía ser
capturar una plaza defendida por 200.000 guerreros a los que hubo que
exterminar en su totalidad. Esto parece casi milagroso que haya sido
unánimemente omitido por la totalidad de los historiadores. Mas
milagroso aún parece que en la pequeña plaza fuerte de Bethar
pudieran cobijarse nada menos que 200.000 guerreros, si tenemos en
cuenta que las dimensiones eran de 600 metros de profundidad por
doscientos de anchura, según fuentes judaicas de indiscutible
calidad. Si la aritmética, no miente, para albergar a 200.000
guerreros, con sus lanzas y corazas, y suponemos que sus escuadrones
de caballería, en un rectángulo de 120.000 metros cuadrados, seria
preciso distribuirlos de manera que tocaran a... 0,6 metros cuadrados
por guerrero. Estamos por creer que la guarnición de Bethar no murió
a causa del ardor bélico de los romanos sino de claustrofobia y
asfixia. Y, no obstante, las citadas fuentes judías, insisten en que
la lucha fue épica y la resistencia heroica. El mismo Bar-Kochba,
era tan fuerte y tan ágil que cogía al vuelo las piedras arrojadas
por las catapultas romanas y las devolvía de un sólo movimiento al
campo de origen. Debieron transcurrir dieciocho siglos para que una
tal proeza fuera repetida por Popeye tras ingurgitar apresuradamente
una ración de espinacas.
Para
terminar con el abracadabrante episodio de la toma de Bethar, muy
seriamente relatado, con pelos y señales, por el Talmud,
mencionaremos que el número de judíos exterminados por los romanos,
queremos suponer que ya no en Bethar, sino en el resto de Palestina,
fue de... ¡40 millones! Repetimos: Cuarenta millones. Y para
ilustrarnos sobre la verosimilitud de la cifra, se asegura que la
sangre de los judíos exterminados llegaba hasta los belfos de los
caballos romanos y se perdía, como un río, en el mar, cuyas aguas
teñía en una extensión de seis kilómetros.
Li anteriormente:
El
Enigma Capitalista (1977)
Los
Crímenes de los «Buenos» (1982)
19 de marzo de 2017
El Enigma Capitalista
Joaquín Bochaca
El Enigma
Capitalista (1977)
Uma frase,
algures, chamou-me a atenção para este livro: afirmava, certamente
por outras palavras, que tudo quanto O Capital de Karl Marx
fora incapaz de explicar no seu emaranhado de centenas de páginas,
estava aqui plasmado de forma evidente e cristalina; Marx nunca teria
abordado a essência da natureza do dinheiro, e aí residiria o âmago
do capitalismo internacional. Apesar de nunca ter lido Marx (nem
estar sequer nos meus projectos fazê-lo), parece-me óbvio que o
filósofo judeu nunca esteve interessado em pôr termo ao
capitalismo, mas, simplesmente, em transferi-lo dos burgueses para o
Estado, mudando apenas o agente explorador.
Apesar de
publicado originalmente em 1977, a propósito da crise financeira que
então grassava, esta edição data de 2008, aproveitando o estalar
de nova crise financeira, desta vez bem mais persistente.
Começando por
explicar as razões para o aumento da miséria em plena abundância,
o que espanta é a absoluta actualidade do texto, dos mecanismos
descritos, a repetição dos processos utilizados e dos resultados
obtidos. Em 30 anos (ou serão 130?) não mudou nada, e, bem
vistas as coisas, nada poderia mudar, porque a natureza cíclica das
crises serve determinados interesses. Como declarou Henry Ford em
1922, «Convém que o povo não perceba como funciona o sistema
bancário e monetário, pois se percebesse acredito que haveria uma
revolução antes de amanhã de manhã.»
Numa segunda
parte, dedicada a fazer a história do designado establishment,
a propósito do binómio Alta Finança-Revolução, cujo alcance
parece ter sido inteiramente compreendido e aceite por tão poucos, o
autor invoca como explicação o geralmente subestimado fenómeno da
preguiça mental, e, recorrendo a uma citação de Bernard Shaw,
afirma: «Alguns homens prefeririam morrer a pensar. São os mártires
da estupidez humana.»
Além do
diagnóstico, este livro tem a vantagem de propor a via alternativa,
ao que se dedica na sua terceira parte, intitulada “A Solução”,
centrada no conceito do Dividendo Nacional. Não
uma
solução, como sublinha o autor, mas a
solução. De leitura obrigatória.
Al
entregar su dinero en el banco, los depositarios obtenían un recibo
que les entregaba el banquero, y sobre tal recibo —documento, en
sí, intachable— se iba a montar el mayor timo de todos los
tiempos.
En
efecto, el banquero era un hombre observador y pronto se dio cuenta
de que la gente utilizaba esos recibos como si de auténtico dinero
se tratara. Esos recibos, respaldados por dinero auténtico, hacían
la misma función que el dinero, es decir, servían para adquirir
mercancías y contratar servicios. Como tales recibos no era
nominativos, cualquier persona, que a lo mejor nunca había
depositado dinero en el banco, podía presentarse en la ventanilla de
pagos del mismo, y, exhibiendo un recibo por una cantidad determinada
de dinero oficial, o legal, exigir tal cantidad en el acto. Un inciso
imprescindible: decimos dinero oficial, o legal, porque esos recibos,
al ser aceptados por la comunidad como medio de pago, se convertían
automáticamente, de hecho, en dinero. También se dio cuenta, el
banquero, de que, en promedio, los impositores sólo retiraban, en un
período determinado de tiempo, el diez por ciento del dinero
depositado. O dicho en otras palabras, que el noventa por ciento de
sus depósitos permanecían en sus cofres, y que con el diez restante
tenía suficiente para hacer frente a los recibos que se le irían
presentando al cobro. La tentación era demasiado grande para el
banquero, hombre cuya conciencia no sentía excesivamente el embarazo
de los escrúpulos, o no podía sentirlos por sus condiciones étnicas
y religiosas. Y se formuló a sí mismo la siguiente pregunta: ¿Por
qué no poner en circulación más recibos, representando nueve veces
más valor que el dinero que, efectivamente, tenía en su caja
fuerte? Para él, formular así esa pregunta equivalía a responderla
en el sentido deseado por su yo íntimo. Es decir, que multiplicó
por nueve sus recibos —comprometiéndose a pagar un dinero que no
tenía, o, como máximo, sólo tenía en una novena parte —y empezó
a prestarlo a particulares y, sobre todo, a comerciantes, cobrando un
interés por ese dinero inexistente. En realidad, más que
inexistente, ficticio; pues existencia, aunque fraudulenta, la tenía,
al entregarse mercancías y servicios por él. Este fue el fraude
original, que ha perdurado hasta nuestros días, y que está en la
raíz de todos nuestros males económicos. Como dice Gertrude Coogan,
“los banqueros pueden justificar sus prácticas como gusten, pero
el hecho es que cuando prestan su ‘crédito’ a interés lo único
que hacen es crear dinero privado, que luego pueden reclamar y
destruir a su voluntad para desesperación y empobrecimiento del
prestatario” quien periodicamente se ve obligado, por la artificial
escasez del dinero-crédito, a entregar bienes auténticos por el
dinero-crédito que tomó en préstamo.
El
banquero, al proceder de esta guisa, efectivamente, ha creado dinero.
Y para crearlo lo único que ha necesitado ha sido que un empleado
del banco tomara una pluma, o un bolígrafo, y escribiera en el Libro
Mayor del banco, una cifra cualquiera, pongamos diez millones de
pesetas, en el saldo deudor del prestatario. Pero, al mismo tiempo,
en el saldo acreedor del mismo, se ha anotado la garantía que éste
ha debido ofrecer contra el préstamo bancario. Dicha garantía, que
siempre debe ser un bien tangible, una casa, unos terrenos, unas
cosechas o el título de propiedad de una industria, siempre vale más
que el dinero que el banco presta. Al prestatario se le entrega un
talonario de cheques, que permiten fraccionar cómodamente el importe
del préstamo, luego se le carga en cuenta un interés por dicho
préstamo, interés que oscila entre un cinco y un nueve por ciento
en las épocas relativamente “tranquilas”, pero que puede ser
mucho más elevado en las épocas turbias y la operación ha sido
puesta en marcha.
Detengámonos
un momento para hacer las siguientes observaciones:
a)
Al poner en circulación de hecho, más dinero, que aparece en el
mercado antes de que el mismo haya podido generar más riqueza, se ha
puesto en movimiento un proceso inflacionario, es decir, se ha hecho
perder valor al dinero que existía ya en circulación.
b)
Las mercancías que, con el nuevo dinero, irán apareciendo en el
mercado, llevarán su costo gravado con el interés bancario —como
ya hemos dicho, de un 5 a un 9 por ciento— que deberán pagar, en
última instancia, los consumidores. Nueva contribución al proceso
inflacionario.
c)
Mientras el banquero ha entregado sus “promesas de pagar” dinero
—pues nadie, por muy banquero que sea, puede crear algo de la Nada,
y así, lo que él presta no son más que promesas— en cambio, el
prestario ha entregado al banquero títulos que representan una
riqueza que, a parte de ser muy superior al préstamo, es real. Ha
habido, pues, un notorio abuso de confianza por parte del banco. Como
decíamos en otro lugar “mientras el banco dispone contra la
comunidad de garantías representando una riqueza real, tal como
fábricas, fincas, cosechas, etc. la comunidad no dispone, contra los
bancos, de ninguna garantía. La menor tentativa hecha por los
acreedores de un banco para ejercitar sus garantías contra éste,
pone de manifiesto que dichas garantías, de hecho, no tienen
substancia alguna. Si tales acreedores le “aprietan demasiado las
clavijas” al banco, son castigados perdiendo todos sus ahorros. El
banco cierra sus puertas poniendo de manifiesto que sus “promesas
de pagar” son falsas promesas... a menos que el gobierno no acuda
en su ayuda con una moratoria.... moratoria cuyas consecuencias serán
que, al fin y a la postre, la comunidad en bloque deberá pagar para
cubrir las falsas promesas del banquero.
Li anteriormente:
Los Crímenes de los «Buenos» (1982)
7 de outubro de 2016
Los Crímenes de los «Buenos»
Joaquín Bochaca
Los Crímenes de los «Buenos»
(1982)
Este livro parte dos critérios
utilizados nos julgamentos de Nuremberga – crimes contra a paz,
crimes de guerra e crimes contra a humanidade (crimes que não
estavam tipificados na época em que foram cometidos) – e aplica-os
ao lado vencedor, com resultados demolidores, tanto mais quando boa
parte destes crimes foram cometidos após terminar a guerra.
Somos confrontados com o bombardeamento
gratuito de cidades e populações, atrás da linha de frente e com o
único objectivo de provocar a morte de civis, como se viu no
bombardeamento de Dresden, cidade aberta, sem qualquer interesse
militar, onde se juntavam centenas de milhares em fuga da frente
leste, provocando mais vítimas que Hiroshima e Nagasaki juntas
(outras duas cidades sem objectivos militares). Acompanhamos os
constantes atropelos às Convenções de Genebra e de Haia por parte
dos Aliados, os "bons", e a guerra desleal que, desde a
primeira hora moveram contra o Eixo; a manipulação da camarilha de
Roosevelt na preparação de um "isco" chamado Pearl
Harbour que, finalmente, lhes deu o pretexto que tanto procuravam
para levar os EUA a uma guerra alheia; passamos pela farsa do
Tribunal de Nuremberga, pela ignomínia do Plano Morgenthau e da
Operação Kellhaul; observamos a utilização de mão de obra
escrava nos anos que se seguiram ao fim da guerra (não só pela
URSS, mas também pela Austrália, França e Inglaterra); verificamos
a contabilidade de vítimas que são atribuídas aos "bons",
segundo as estimativas mais modestas: 10,5 milhões de mortos por
crimes de guerra e depurações, 6,9 milhões de prisioneiros e
deportados desaparecidos por violação das Convenções de Genebra,
13,5 milhões de pessoas encarceradas após o fim da guerra por
aplicação de leis retroactivas; analisamos o percurso dos
protagonistas nas décadas que se seguiram ao confronto, e por fim, o
somatório de vítimas atribuídos ao comunismo, segundo um estudo
(naturalmente incompleto) publicado por Jean-Pierre Dujardin em 1978:
150 milhões de mortos – temas sombrios lançados ao esquecimento,
enquanto se apontavam os holofotes para outro lado. Falava-se dos
crimes míticos e pretéritos para que não se falasse dos "crimes
dos bons".
Este livro recomenda-se a quem não se
conforma com os dogmas da historiografia marxista, com essa leitura
errada, mas infinitamente propagandeada pelos mass media,
tendo o mérito de recorrer, sempre que possível, ao
testemunho escrito de partidários dos Aliados ou, quando muito, de
autores tidos como neutrais.
Destacam-se
os capítulos dedicados a analisar as condições que levaram ao
despoletar da guerra: as absurdas disposições
do Tratado de Versalhes, por uma incompetente (ou algo mais?)
Sociedade das Nações, foram
na realidade o rastilho já aceso que levou a essa
nova hecatombe bélica em território europeu, uma
guerra procurada a todo o
transe por determinadas elites políticas e financeiras
anglo-franco-estadounidenses – os
chamados poderes fácticos
–, com o fim inconfessável
de proteger a revolução internacionalista soviética, contra a
vontade e o sentimento dos seus
próprios povos. A
forma como a Polónia foi usada como pretexto, e incentivada a criar
as condições que levassem à intervenção alemã (e
consequente guerra),
oferecendo-lhe uma aliança
para a qual tanto a França
como a Inglaterra sabiam
estar impreparadas
para responder; mentindo-lhe
sobre o poderio militar alemão, desvalorizando-o, e
sobre a
pretensa impopularidade do regime, fazendo-lhe
crer que, mal estalasse a guerra, este
seria deposto pela aristocracia militar;
acicatou-se o nacionalismo polaco contra as
minorias
alemãs que viviam dentro das suas fronteiras, numa série de
agressões e limpeza étnica
que culminaram
ao massacre de Bromberg (quantas vezes se ouviu falar
disto nos mass
media?), nas
vésperas da inevitável
intervenção do Reich.
Curioso
será notar que a segurança e integridade da Polónia,
pretexto oficial que levou à guerra, foi esquecido em duas semanas,
tempo que mediou a invasão alemã e a violação da sua fronteira
oriental pelas tropas soviéticas, que já não mereceu qualquer
desagravo. E, passados cinco anos, metade do que era o território
polaco foi alegremente entregue pelos autoproclamados "protectores"
à URSS, ficando a Polónia como um estado vassalo, no qual
importantes cargos do governo e da administração foram ocupados
pelos amos soviéticos.
Aunque toda ciudad alemana
de alguna importancia fue profusamente bombardeada, cabe hacer
especial mención de los bombardeos de Berlín y, sobre todo, de
Hamburgo, el 25 de julio y el 3 de agosto de 1943. Los ataques contra
los barrios residenciales de la capital hanseática se desarrollaron
de noche, y con una saña hasta entonces inigualada. Pero todos los
récords de la gratuita violencia fueron batidos en el bombardeo de
Dresde, llevado a cabo durante la noche del 13 al 14 de febrero de
1945. Esa fue la más sangrienta acción bélica realizada, a lo
largo de toda la Historia del Mundo, contra una población civil.
Dresde, se hallaba entonces, a unos 115 kilómetros de las líneas
del frente germano-ruso, y a ella habían llegado más de medio
millón de refugiados, ancianos, mujeres y niños. Dresde era una
ciudad abierta. En ella no habían cuarteles, ni fábricas de
armamentos, ni objetivos militares de ningún género. Habían, en
cambio, numerosos hospitales, con enormes cruces rojas pintadas en
sus azoteas.
En la mañana del 13 de
febrero, 35 aviones ingleses de reconocimiento volaron sobre Dresde y
tomaron numerosas fotografías, sin ser inquietados por la Luftwaffe,
que se hallaba operando en el frente, ni por las defensas antiaéreas,
inexistentes en una ciudad residencial cuya única industria era la
de cerámicas. Por la noche, 800 bombarderos de la RAF arrojaron
sobre la indefensa ciudad, abarrotada de refugiados, una lluvia de
bombas explosivas e incendiarias. Al amanecer del día siguiente, una
segunda oleada de bombarderos descargó otro alud de fuego. Y horas
más tarde, otros 1.200 tetramotores acabaron de machacar la ciudad
destruida, avivando la horrorosa pira con latas de petróleo. En
total se lanzaron sobre Dresde 10.000 bombas explosivas y 650.000
bombas incendiarias, amén de 15.000 latas de petróleo, de un
hectolitro cada una. El escritor inglés F.J.P. Veale, dice: «Para
dar una impresión más dramática, en medio del horror general, las
fieras del Parque Zoológico, frenéticas por el ruido y por el
resplandor de las explosiones, se escaparon. Se cuenta que estos
animales, así como los grupos de refugiados, fueron ametrallados
cuando trataban de escapar a través del Parque Grande, por aviones
de caza en vuelo rasante... en dicho parque fueron encontrados luego
muchos cuerpos de hombres y animales acribillados a balazos... Para
evitar las epidemias causadas por los cadáveres en putrefacción,
hubo que organizar gigantescas piras que consumían, cada una, cinco
mil cuerpos o pedazos de cuerpos. La espantosa tarea se prolongó
durante varias semanas.
«Los cálculos del número
total de victimas en ese descomunal bombardeo varían mucho de uno a
otro. Algunos elevan la cifra hasta un cuarto de millón.
Personalmente nos sentimos inclinados a adherimos a esa cifra».
Irving no se atreve a dar cifras aunque opta por la de 235.000
muertos y cabe suponer que el número de heridos debió, al menos,
doblar esa cantidad.
[...]
El retrato de este gran
hombre quedaría incompleto si no se añadiera su intención de
arrojar bombas bacteriológicas sobre Alemania. Según la revista
americana Spotlight (8-VI-1981) Churchill quería lanzar
bombas venenosas y bacteriológicas sobre Berlín, Hamburgo,
Frankfurt y Sttugart, a finales de 1944. El plan consistía en
arrojar un millón de pequeñas bombas sobre cada una de esas
ciudades; esas bombas contendrían bacterias de ántrax. El ántrax
es una enfermedad mortalmente contagiosa, tanto para personas como
para animales. Tal vez en medio de una de sus clásicas
intoxicaciones etílicas, Sir Winston le dijo al jefe de su
departamento de guerra química que investigara si el uso de bombas
de gas, especialmente de gas mostaza, y de bombas bactericidas
resultaría. Según el funcionario consultado, si el plan se hubiera
llevado a la práctica, Berlín sería inhabitable todavía en 1981;
el número de muertes no hubiera bajado de los tres millones de
personas que, dadas las circunstancias, hubieran sido
mayoritariamente mujeres, niños, ancianos y prisioneros de guerra.
Dichas bombas no se usaron
por no haberse llegado a producir en número suficiente antes del fin
de la guerra. Esta «perla» humanitaria ha sido divulgada, incluso,
por la muy oficial B.B.C. Y tal vez convendría recordar aquí, que
Hitler, una víctima del gas en la I Guerra Mundial, rehusó
emplearlo en la II, y que Churchill fue también el responsable de
los primeros campos de concentración para civiles en la guerra
contra los Boers.
[...]
Un inciso. Queremos llamar
la atención sobre un punto que hemos observado escapa a la atención
de los más, pese a su sensacional rareza. En el momento de terminar
la guerra de las Democracias contra los Fascismos —nos consta que
la denominación no es demasiado precisa, pero debemos esquematizar
en aras de la comprensión general— eran líderes de las Cinco
Grandes Potencias: Truman, Churchill, Stalin, De Gaulle y
Chiang-Kai-Chek. Pues bien; ninguno de estos personajes llegó al
poder por medio del Sufragio Universal. Truman sucedió
automáticamente a Roosevelt, como Vice-Presidente que era, a la
muerte de este, pero nadie le había votado como Presidente.
Churchill llegó a Primer Ministro por una maniobra de pasillos en el
Parlamento, pero el pueblo inglés no le votó, y en cuanto tuvo
ocasión de votarle, le echó a la calle. [El pueblo inglés se hartó
de negarle sus votos a Churchill. Para tan ferviente creyente en la
taumaturgia de la Democracia eso debió ser desmoralizador y
traumatizante. Fue, sucesivamente, derrotado en elecciones parciales
a diputado cuando se presentó por los laborales, los jóvenes
conservadores, los laboristas independientes y los conservadores.
Llegó a Primer Ministro merced a una maniobra de pasillos en el
Parlamento. Cuando volvió a ser Premier en 1951, lo hizo al
alimón con Eden, pero al retirarse discretamente este, cual estaba
convenido, el culto pueblo británico volvió a echarle. (N. del A)]
Stalin y Chiang-Kai-Chek
eran dos dictadores y nunca habían sido votados. Y De Gaulle, desde
1944 hasta 1948, permaneció en el Poder sin someter su augusta
persona a ninguna votación.
Se ha dicho que fue la
guerra de las Democracias contra las Dictaduras. Hemos visto que las
democracias estaban encabezadas por individuos que no habían llegado
al poder por el sistema del Sufragio Universal. El único que llegó
al Poder por ese método fue el Canciller del III Reich, Adolf
Hitler. Gustará o no gustará. Pero es un hecho. Y los hechos son
tozudos.
Subscribirse a:
Publicacións (Atom)


