14 de decembro de 2025

Vive Peligrosamente


Otto Skorzeny
Vive Peligrosamente (1965)

Otto Skorzeny, nascido em 1908 numa família da burguesia vienense e formado em engenharia, notabilizou-se nas operações especiais das Waffen SS, nomeadamente quando em 1943, numa "missão impossível", conseguiu resgatar Benito Mussolini das garras dos aliados, na sua prisão em Gran Sasso. Após o final da guerra foi julgado — como todos os SS capturados — e declarado inocente de todas as acusações. Mesmo assim foi mantido prisioneiro até 1948, quando conseguiu escapar para Espanha, onde lhe foi concedido asilo político. Neste país viveu uma vida tranquila de engenheiro e empresário, até à sua morte, em 1975.
Vive Peligrosamente, segundo uma frase de Nietzsche em A Gaia Ciência, é o primeiro volume da sua autobiografia. Descreve a sua infância e o ambiente social que dominou a sua geração após a Grande Guerra, os eventos que levaram ao Anschluss e o decurso da vida quotidiana nas vésperas da II Guerra Mundial. Fala do seu alistamento voluntário e como foi colocado nas SS. Participou inicialmente em operações na frente ocidental, principalmente na França e na Holanda, até que em 1941 foi enviado para a Roménia, onde a sua Divisão teve o baptismo de fogo na fronteira com a Sérvia. Esteve na Jugoslávia, na Polónia, onde se preparou o ataque à URSS, e combateu na frente do Leste até ao final daquele ano, quando a doença o forçou a voltar a Viena e Berlim. Em 1943, recebeu a chefia de uma secção de segurança e operações especiais e refere um par de operações de comandos, projectadas para os Urais e para o Irão, que não chegaram a realizar-se por manifesta falta de meios. Contudo, o maior destaque é dado, compreensivelmente, ao resgate de Mussolini em Setembro daquele ano, missão de que o Führer o encarregou pessoalmente, preenchendo várias dezenas de páginas e alguns capítulos praticamente até ao final, apesar do autor afirmar que, se escrevesse com pormenor tudo quanto se passou naquelas semanas, o livro ficaria "demasiado volumoso".

A medida que pasaban los días fueron aumentando los ataques de los rusos. La artillería enemiga no cesaba de machacar nuestras posiciones, y los ataques de los rusos, periódicamente, conseguían romper nuestro frente, obligándonos a rechazar sus ataques empleando todas nuestras fuerzas.
Llegó un momento en que ambos bandos luchábamos ininterrumpidamente, como demonios enfurecidos, para defender la patria, el honor y nuestras vidas. Uno de los días tuvimos una desagradable sorpresa. Fuimos atacados por los soviets con un nuevo tipo de tanque, que no habían utilizado hasta entonces. Se trataba del «panzer», que, más tarde, fue conocido por el «T-34». Comprobamos entonces que, desgraciadamente, los cañones de 5 cms. de nuestros tanques no podían hacer mella en las corazas de los colosos que nos atacaban.
Pudimos lograr que la infantería enemiga no llegara hasta nuestras trincheras, lo que nos costó un gran esfuerzo. Pero lo que no conseguimos fue el detener el avance implacable de aquellas nuevas e infernales máquinas. No tuvimos, entonces, que hacer frente a un ataque masivo. Pero los treinta tanques que nos atacaron nos ofrecieron una muestra de lo que nos esperaba. Aquello motivó que no pudiéramos sentirnos tranquilos ni un solo minuto.
Los campos de trigo que se extendían más allá de las colinas que ocupábamos, y que no habían sido segados, enmascaraban unas inmensas sombras grises que nos parecían alucinantes, enloquecedoras, ya que sus largos cañones no cesaban de apuntarnos y se movían de derecha a izquierda, o viceversa, según el caso. Estos cañones no paraban de disparar contra nosotros y sobre todo lo que se les ponía delante. Pero nuestros soldados no se dejaban amedrentar y se lanzaban sobre ellos, siempre que tenían una ocasión propicia, con el «cocktail-Molotow» entre sus manos.
Es preciso recuerde que, por entonces, no disponíamos aún de las armas adecuadas para combatir eficazmente a tales tanques, ya que las que formaban parte de nuestro arsenal no eran lo suficientemente potentes para destruirlos. Por esta razón, el «soldado desconocido» descubrió lo que nosotros bautizarnos con el nombre de «cocktail-Molotow», que consistía en una botella de cristal llena de bencina y cerrada herméticamente con un corcho por el que, previamente, se había pasado una mecha. Al atacar al tanque, el soldado encendía la mecha y, acto seguido, rompía la botella contra las planchas de acero que recubrían el motor del blindado. Inevitablemente, el incendio se extendía por todo el blindaje. ¡Creo que era alucinante la visión de un simple soldado rompiendo una botella contra el blindaje de un inmenso tanque ruso!
El arma era primitiva, pero eficaz, puesto que siempre se conseguía el objetivo propuesto, a pesar de que, a veces, nos costara varias horas de ímprobos esfuerzos. También combatíamos contra los tanques con bombas de mano y con todo aquello que nos parecía ofensivo. Recuerdo perfectamente que cuando lográbamos introducir una bomba de mano en la boca del cañón del tanque o bien en su torreta, nuestros esfuerzos se veían coronados por el éxito.
 

Ningún comentario:

Publicar un comentario