25 de xuño de 2026

Ardiente Paciencia


Antonio Skármeta
Ardiente Paciencia (1985)

Escritor chileno de ascendência croata, recentemente falecido, Antonio Skármeta é conhecido sobretudo por Ardiente Paciencia, que surgiu como um guião para uma rádio alemã, adaptado em 1982 como libreto teatral e, no ano seguinte, rodado num filme homónimo realizado pelo próprio escritor. Apesar de ter alcançado alguns prémios, este filme foi eclipsado pela adaptação de Michael Radford, em 1994, sob o título Il postino (O Carteiro de Pablo Neruda). O sucesso no cinema foi de tal forma marcante que, desde então, o título deste filme passou a predominar, ou até a substituir, o título original que, por sua vez, era retirado de uma frase de Rimbaud, citada por Pablo Neruda no seu discurso do Prémio Nobel, segundo se pode ler no próprio texto.
A narrativa, entrelaçada com vários pontos biográficos de Pablo Neruda, conta como Mario Jiménez, filho de pescadores, aceita um trabalho de carteiro para entregar a volumosa correspondência que o poeta recebia na sua residência da Ilha Negra. Entretanto apaixona-se e casa-se com a bela Beatriz González, filha da viúva Rosa, dona de uma taberna na aldeia. Mario, a propósito da poesia, que utiliza como meio para seduzir Beatriz, vai metendo conversa com Pablo Neruda e desenvolve uma relação de amizade, mantendo o contacto mesmo depois do poeta ter sido nomeado embaixador, em Paris, pelo governo de Allende. 
Acompanhando os tempos históricos e os factos que marcaram a vida chilena entre os anos de 1969 a 1973, Ardiente Paciencia é, apesar da sua brevidade — ou talvez por isso mesmo —, de leitura agradável, com diálogos vivos e interessantes, de enganadora simplicidade, denunciadores de uma escrita devedora da adaptação cinematográfica.

En una visita a la parroquia, el telegrafista hizo su planteo al cura que había casado a la pareja, y revisando las utilerías arrumbadas en la bodega del último vía crucis escenificado en San Antonio por Aníbal Reina padre, popularmente conocido como el «rasca Reina», apodo que heredó su talentoso y socialista hijo, encontraron un par de alas trenzadas con plumas de gansos, patos, gallinas y otros volátiles, que accionadas por un piolín batían angelicalmente. Con paciencia de orfebre, el cura montó un pequeño andamio sobre el lomo del funcionario de correos, le puso su visera de plástico verde, semejante a la de los gángsters en los garitos, y con limpiador Brasso le sacó brillo a la cadena de oro del reloj que le atravesaba la panza.
Al mediodía, el telegrafista avanzó desde el mar hasta la hostería dejando estupefactos a los bañistas que vieron atravesar sobre la inflamada arena el ángel más gordo y viejo de toda la historia hagiográfica. Mario, Beatriz y Rosa, ocupados en cuentas tendientes a confeccionar un menú que sorteara los precoces problemas del desabastecimiento, creyeron ser víctimas de una alucinación. Mas, en cuanto el telegrafista gritó a distancia: «Correo de Pablo Neruda para Mario Jiménez» alzando en una mano un paquete con no tantas estampillas como un pasaporte chileno, pero más cintas que un árbol de Pascua, y en la otra una pulcra carta, el cartero flotó sobre la arena y le arrebató ambos objetos. Fuera de sí, los puso en la mesa y los observó cual si fueran dos preciosos jeroglíficos. La viuda, repuesta de su arrebato onírico, increpó al telegrafista con tono británico:
—¿Tuvo viento a favor?
—Viento a favor, pero mucho pájaro en contra.
Mario se apretó ambas sienes, y parpadeó de un bulto al otro.
—¿Qué abro primero. La carta o el paquete?
—El paquete, mijo —sentenció doña Rosa—. En la carta sólo vienen palabras.
—No, señora, primero la carta.
—El paquete —dijo la viuda, haciendo ademán de tomarlo.
El telegrafista se echó aire con un ala, y levantó un dedo admonitorio ante las narices de la viuda.
—No sea materialista, suegra.
La mujer se echó sobre el respaldo de la silla.
—A ver usted, que se las da de culto. ¿Qué es un materialista?
—Alguien que cuando tiene que elegir entre una rosa y un pollo, elige siempre el pollo —farfulló el telegrafista.
Carraspeando, Mario se puso de pie y dijo:
—Señoras y señores, voy a abrir la carta.
 

Ningún comentario:

Publicar un comentario