13 de maio de 2026

Yo Rescaté a Mussolini


Karl Radl
Yo Rescaté a Mussolini (1951)

O então capitão da Waffen-SS Karl Radl (1911-1981), o mais próximo colaborador de Otto Skorzeny, foi o principal planificador da missão de resgate de Mussolini, na qual também participou. Nascido na Áustria, tal como Skorzeny, esteve igualmente preso em Darmstadt após o final da guerra e também foi inocentado por falta de provas. Skorzeny abandonou a prisão em Julho de 1948, rumo a Espanha, e Radl seguiu-lhe o exemplo em Setembro, mas permaneceu na Alemanha. Foi recapturado em Munique em Março de 1949 e condenado a dois anos e meio num campo de trabalho forçado, que se consideraram cumpridos pela detenção anterior. Radl converteu-se num comerciante têxtil de sucesso em Frankfurt. Publicou Befreier fallen vom Himmel, em Buenos Aires, em 1951 (que deverá estar na origem desta tradução em espanhol, editada na mesma cidade em 1955), e também se regista Die Blitzbefreiung Mussolinis – Mit Skorzeny am Gran Sasso, de 1996, provavelmente uma reedição com um título diferente.
O livro começa nos finais de Julho de 1943 com a notícia do derrube de Mussolini. O Duce estava preso em parte incerta e Hitler encarregou Skorzeny de efectuar o seu resgate. É descrito com pormenor o desenrolar das semanas posteriores, desde a concepção da operação, a avaliação das pistas falsas ou enganosas, à atmosfera de desconfiança instalada entre militares italianos e alemães durante o governo de Badoglio. A partir do momento em que o local de detenção do Duce foi localizado, com razoável certeza, num hotel de Gran Sasso, na região montanhosa de Abruzzo, deu-se início à operação de resgate, uma autêntica "missão impossível", concluída com êxito em Setembro daquele ano.

Desde la estación inferior del funicular pregunta el mayor Mors si puede subir. Naturalmente, cuando quiera, pero no vamos a esperarle. En aquel momento sale el Duce con todo su séquito del hotel.
Todos quieren fijar esa escena con sus cámaras fotográficas. Es extraño la cantidad de máquinas fotográficas cuya existencia no sospechábamos.
Tengo en mis manos la valija del Duce. He estado tan ocupado que no he tenido tiempo ni para sacarme el casco de acero, siendo casi el único que no lo ha cambiado por el birrete. Ni siquiera me he sacado la cartuchera.
Cuando el Duce se encuentra ya a unos diez metros del hotel, aparece el mayor Mors con los tenientes primeros Schulze y Kurts, que vienen de la estación superior del funicular. Se nos acercan. El mayor Mors saluda a Skorzeny y pide que le presente a Mussolini.
—Duce, le presento al mayor Mors, del batallón de paracaidistas, a los que se debe el triunfo en la acción del valle.
El Duce estrecha la mano de Mors, hace dos o tres preguntas y sigue caminando en dirección al avión. El corresponsal de guerra, von Kayser, fotografía esa escena. Un mes más tarde aparece en el Observador Ilustrado. Lo imprimen en gran formato. En medio aparece la cabeza del Duce, al lado el mayor Mors, detrás el teniente primero Schulze. El texto dice así: «El Duce habla con sus libertadores.»
Nos quejamos de inmediato al doctor Goebbels, para quien el asunto es muy penoso. Invita a Skorzeny a una cena íntima, en la que se discute la cuestión. En la prensa no se hará más sensacionalismo con esos hechos. Pero Skorzeny y yo hablaremos en una transmisión radiotelefónica, rectificando las cosas y explicándolas como se han descrito en este libro.
Todos se encuentran ante el Fieseler Storch. El capitán Gerlach pensó volar solo con el Duce, lo que no hubiera sido difícil. Pero Skorzeny le hace saber que él acompañará a Mussolini. Al principio Gerlach se opone, pero finalmente Skorzeny logra convencerlo. Los tres se meten en el pequeño Storch. Gerlach se sienta adelante, serio y pálido. Detrás de él, Mussolini, y detrás del Duce, con sus dos metros de altura inclinado sobre Mussolini, el capitán Skorzeny.
Cuando vemos aquellos tres hombres en la pequeña máquina, se nos ponen los pelos de punta. El Duce se despide, me da otra vez la mano y me recomienda que me ocupe de su valija. Gerlach cierra la ventanilla corrediza del asiento del piloto y arranca el motor.
Va montaña abajo por la senda de la cual se han eliminado los cantos rodados. Pero a los dos tercios de la pista improvisada hay una zanja de desagüe que la cruza, formando ángulo. Gerlach quiere evitarla. Intenta despegar; efectivamente, el Storch salta sobre la zanja, pero de repente se inclina el lado izquierdo del tren de aterrizaje, parece volcarse hacia allí y salta algunos metros sobre un precipicio.
Las piernas se niegan a sostenerme, mejor dicho, parecen haber desaparecido de golpe. Siento que me hundo y caigo, como si me sentara sobre una de las valijas del Duce. ¡Gracias a Dios no lo ha notado nadie! Los hombres creen que me he sentado. En realidad he caído como si fuera un saco. Es la postrer reacción del esfuerzo y la excitación de los últimos días. Tengo el presentimiento que todo ha sido inútil, pues el Duce morirá en el aeroplano. De hecho, pienso en pegarme un tiro. Todos miran hacia allí. No se oye ni una palabra.
Más allá de la garganta, el Storch vuela, vuela de verdad, vuela en dirección a Roma.

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