13 de agosto de 2026

Viaje a Italia


J.W. Goethe
Viaje a Italia (1816-17)

No Outono de 1786, aos 37 anos, Goethe partiu de Carlsbad em direcção a Itália, numa viagem que há muito ambicionava. O livro teve origem nas cartas que enviou a amigos e conhecidos, revistas e fundidas num único texto, publicado passados 30 anos, como recordação dessa viagem incrível que tantos vultos das artes e letras do Norte da Europa empreenderam ao longo dos séculos XVIII e XIX. Recorde-se que Itália era então apenas uma designação geográfica, dividida em reinos e ducados que não falavam sequer a mesma língua, antes de se unificar num estado-nação, processo que demorou mais de meio século.
Esforçando-se inicialmente por viajar sem se dar a conhecer, para que a vida social não lhe tomasse demasiado tempo, pois o seu nome era já reconhecido e solicitado, descreve a jornada desde o início, nos Estados Alemães, atravessando os Alpes em Innsbruck e seguindo pelas cidades trentinas ainda sob domínio imperial, antes de chegar chegar às margens do Lago de Garda, na fronteira da república veneziana. Depois, e referindo apenas as cidades a que deu maior destaque, seguiu por Verona, Veneza, Bolonha, Roma e Nápoles. Dali passou por barco à Sicília; de Palermo seguiu à costa Sul e atravessou o interior da ilha rumo a Catânia e, pela costa, até Messina onde apanhou o barco de regresso a Nápoles.
Há uma especial atenção, quase um deslumbramento, com a arquitectura e as ruínas romanas, a pintura e a escultura, também o teatro e as pessoas, o carácter dos povos com quem se foi cruzando, fazendo frequentes vezes comparações lisonjeiras relativamente ao que conhecia das regiões alemãs, da natureza, das formações geológicas, da erupção no Vesúvio que teve oportunidade de presenciar, e a amenidade do clima que não se cansa de elogiar.
A partir desta segunda visita a Nápoles, já no segundo volume, o livro torna-se diferente, no ritmo e na descrição. Goethe regressa a Roma, para uma segunda permanência, mais prolongada, e o relato segue mais intimista, descrevendo pormenorizadamente como se exercitou na aprendizagem do desenho, a visita de museus, a sua escrita, e a envolvência social que anteriormente tinha evitado. Contém ainda numerosas páginas acerca do Carnaval romano, um exotismo que lhe deixou má impressão. Goethe escreve no final sobre a sua partida próxima, diz-nos que vai para Florença, mas o livro termina em Roma. Compreende-se que, depois da "capital do mundo", para usar as suas palavras, a restante viagem não fosse suficientemente motivadora para prosseguir o relato.
O excerto descreve a subida ao Vesúvio, mantendo a ortografia da edição de 1891.

Al pie de las pendientes rápidas, nos recibieron dos guías, uno más viejo y el otro más joven; ambos hombres vigorosos. El primero tiró de mí, el segundo de Tischbein, monte arriba. Y digo tirar, porque estos guías se rodean el cuerpo de una correa, á la cual se agarra el viajero, afianzándose al subir en un palo, á fin de ayudarse mejor con sus propios pies. Así llegamos á la planicie donde se asienta el cono de la montaña; hacia el Norte están las ruinas de la Somma.
Una mirada al país hacia el Oeste, como un baño saludable, nos quitó todos los dolores y cansancio del esfuerzo, y dimos la vuelta al cono, que ruge incesantemente, arrojando piedras y ceniza. Todo el tiempo que el sitio nos permitió permanecer á distancia conveniente, encontramos el espectáculo grandioso y sublime. Primero un trueno poderoso resonando en el abismo profundo; enseguida miles de piedras, grandes y chicas, arrojadas al aire y envueltas en nubes de ceniza. La mayor parte volvían á caer en el abismo; las otras pequeñas, de los lados, caían en la parte exterior del cono, haciendo ruido extraño. Al principio las grandes bajaban á saltos la montaña con sonido opaco; las pequeñas corrían chinando detrás, y al último corría la ceniza. Todo sucedía en intervalos acompasados, que hubiéramos podido medir y apreciar en números, tranquilamente.
Habiendo poco terreno entre el Somma y el cono de la montaña, muchas piedras caían ya alrededor de nosotros y hacían el sitio nada grato. Tischbein se sentía cada vez más contrariado, puesto que aquel monstruo, no contento de ser horrible, quería ser á la par peligroso.
Como el peligro presente existe y atrae de algún modo, y el espíritu de contradicción en los hombres impulsa á arrastrarlo, pensé en la posibilidad de subir al cono, llegar al abismo y volver á bajar, en el período de tiempo que media entre dos erupciones. Consulté á los guías mientras nos reconfortábamos con las provisiones que lleváramos, apertrechados bajo una roca saliente de la Somma. El más joven se atrevió á arrostrar conmigo la arriesgada empresa. Rellenamos nuestros sombreros con pañuelos de lana y de seda, y nos preparamos, bastón en mano, y yo cogido al cinturón del guía.
Todavía sonaban las piedrecillas á nuestro alrededor y bajaba la ceniza, cuando el forzudo joven arrancaba conmigo arriba por la abrasada tierra movida. Nos encontrábamos al borde de la abertura enorme, cuya humareda, aunque ligero viento la separaba de nosotros, ocultaba el abismo, saliendo en derredor por miles de grietas. En alguna clara, que á intervalos ocurría, distinguíanse en varios sitios peñascos despedazados. La vista no era ni instructiva ni amena, y atendiendo á semejante razón, cuando nada se ve, permanece uno ansioso de ver algo. Olvidamos la cuenta exacta del tiempo de reposo; estábamos en un escarpado delante del abismo espantoso. De pronto resonó el trueno, y la terrible descarga voló por los aires delante de nosotros. Involuntariamente nos agachamos, como si aquello nos hubiese podido salvar de la masa que caía. Chocaron las piedrecillas entre sí; y sin pensar que teníamos nueva pausa delante de nosotros, alegres de haber afrontado el peligro, llegamos al pie del cono con la ceniza que bajaba, teniendo bien cubiertos de ella la cabeza y los hombros.
 

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